Trabajo sobre el libro Schumpeter on the Economics of Innovation And the Development of Capitalism, de Arnold Heertje, correspondiente a la asignatura INNOVACIÓN Y TECNOLOGÍA EN LOS PROCESOS DE MERCADO, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

Introducción

Can capitalism survive? No, I do not think it can. The thesis I shall endeavor to establish is that the actual and prospective performance of the capitalist system is such that its very success undermines the social institutions which protect it, and inevitably creates conditions in which it will not be able to live and which strongly points to socialism as their apparent.

Capitalism, Socialism and Democracy, 1942

Aunque Schumpeter había estudiado el futuro del capitalismo ya en 1918, no fue hasta los años 30 que dio forma a sus ideas a este respecto. Durante aquellos años el autor no veía aún el dramatismo que se puede observar en la cita de cabecera. Pero en los años 40 a Schumpeter ya le quedaban pocas dudas del oscuro futuro del capitalismo y la forzosa transición hacia el socialismo. Es cierto que aquellos años 40, época post New Deal y plena Guerra Mundial no era la mejor época del liberalismo y eso pudo pasar factura a un análisis un tanto miope y excesivamente pesimista. De tal forma que ante semejante etapa histórica la cuestión de la supervivencia del capitalismo estaba realmente abierta a debate. La única posibilidad de revertir el declive del capitalismo era un golpe de efecto de orden político y desde luego que tampoco era lo más probable en aquellos estados tras el conflicto bélico mundial.

En todo caso Schumpeter no estaba solo ni mucho menos. Existía un claro caldo de cultivo intelectual favorable a las economías planificadas o fuertemente intervenidas (keynesianismo). Que la URSS venciera en la guerra mejoró mucho su imagen de régimen decrépito y sospechosamente criminal (que más tarde se comprobaría). La publicación de Camino de Servidumbre, de Hayek, en 1944 era más una gota en el desierto que otra cosa. Para la mayoría, la desintegración de la vieja y decrépita sociedad burguesa empresarial era un hecho y la única pregunta a responder era cuándo finalmente caería el orden capitalista. Por aquella época se había fundado la Mount Pelerin Society, que reunía a los escasos intelectuales liberales, y desde luego no estaba Schumpeter, quien hasta sus último días defendió la ortodoxia económica de ese momento, es decir, el fin del capitalismo.

En buena medida el pronóstico de Schumpeter y sus argumentos deben entenderse como un diálogo con sus contemporáneos. Con Mises mantenía cierta relación, dos pesos pesados que se buscaban continuamente. Echando un ojo a sus biografías nos daremos cuenta rápidamente que ambos acudieron al seminario de Bohm-Bawerk cuando eran jóvenes. Y no solo conoció a Mises. Otro ilustre asistente fue Otto Bauer, figura prominente del marxismo. Fue en ese ambiente que Schumpeter conoció bien tanto la teoría capitalista expuesta por Bohm-Bawerk como el marxismo del combativo Bauer.

A pesar de asistir a dicho seminario Schumpeter no se consideró nunca austriaco. Sus raíces intelectuales iban más en otra dirección. Por un lado, la economía del equilibrio matemático en auge representada por su fundador Leon Walras, del cual Schumpeter pensaba era el mejor economista de todos los tiempos (véase su monumental Historia del Pensamiento Económico) y Karl Marx. Solo así podemos empezar a entender su obra y las conclusiones a las que llegó. La ecuación es sencilla: economía del equilibrio general + inspiración marxista = capitalismo es imposible.

Aunque los economistas austriacos rechazan la metodología schumpeteriana y sus consecuentes defectos en la concepción de la innovación en el proceso capitalista, es cierto que los austriacos dan cierto pábulo a su visión de los intercambios individuales interrelacionados así como su valiosa contribución al estudio de la actividad emprendedora. Pero las diferencias son mucho mayores que los puntos de conexión, como ahora veremos, resultando en conclusiones y pronósticos totalmente dispares sobre el futuro del capitalismo.

La figura del emprendedor

Para Schumpeter el emprendedor no es únicamente la figura más potente en el proceso capitalista sino que además es el punto sobre el que pivota toda la actividad económica. En tanto en cuanto el emprendedor es el iniciador en el proceso capitalista, la definición de su papel y función es clave para cualquier concepción de la actividad del mercado y el desarrollo económico. De esta forma es como Schumpeter entiende la actividad emprendedora en todos sus grandes libros. Y es que diferentes concepciones de este agente llave del cambio llevan a diferentes conclusiones sobre la naturaleza del proceso capitalista y el futuro mismo del capitalismo. Así por ejemplo, Marx, veía la descomposición del capitalismo como una consecuencia de la lucha entre la clase explotada y la burguesía explotadora. Schumpeter ve la evolución del capitalismo en el resultado de la pugna entre los emprendedores innovadores y las burocracias rutinizantes de las grandes empresas. Según sus palabras el gigante industrial perfectamente burocratizado no solo expulsa del mercado a las pymes sino que además acaba por expulsar al emprendedor y expropiar a la burguesía como clase social, la cual en el proceso pierde no solo sus rentas sino algo que es infinitamente mas importante, su funcion. De acuerdo a la visión de Schumpeter la clase trabajadora carece de poder y no juega papel alguno ni en la descomposición del capitalismo ni en la administración del socialismo.

Schumpeter comparte con los economistas de la escuela austriaca su énfasis en el papel central del emprendedor en el progreso económico. Al igual que Schumpeter, la visión austriaca comparte la figura del emprendedor como la fuerza que moldea la estructura y las tendencias productivas de la economía de mercado. Sin embargo, aunque no son mutuamente excluyentes, el emprendedor schumpeteriano y el emprendedor misesiano tienen un origen muy dispar. La concepción austriaca, originalmente expuesta por Mises, define al emprendedor como el ser humando de carne y hueso que actúa en un mundo de inherente e inerradicable incertidumbre. Al usar esta terminología no debemos perder de vista que toda acción tiene lugar en un momento de tiempo dado y por lo tanto conlleva especulación. Para Mises el elemento emprendedor en la toma de decisiones humanas no es exclusiva del homo economicus sino que se le puede atribuir al llamado homo agens. Dado que el elemento empresarial está presente en toda acción, el emprendedor no es simplemente una clase social sino un tipo de acción en sociedad que todo participante del mercado puede llevar a cabo, ya sea el capitalista, el empresario o el trabajador. Todos actuamos.

La descripción de Schumpeter de la función del emprendedor surge del intento por derivar una teoría de los ciclos económicos y el crecimiento económico de un punto de partida imaginario en el cual las condiciones o procesos de mercado son inmutables y repetitivos, no habiendo espacio para el cambio en la oferta o la demanda, en las condiciones de producción, en las transacciones o en las pérdidas y ganancias. La principal tesis de Schumpeter es que la tendencia de la economía hacia el equilibrio se ve siempre desviada como resultado de la continua actividad del emprendedor, lo que él llama destrucción creativa (establecimiento de nuevos métodos, nuevos productos o nuevos mercados). Esta perturbación del tranquilo transcurrir de la rutina mercantil mediante la irrupción del desequilibrio aporta fuerzas renovadas al desarrollo económico y mantiene el motor capitalista en marcha.

Por el contrario, los austriacos entienden que la demanda de emprendedores se genera por el desequilibrio de las fuerzas contrapuestas en el mercado, como diferencias entre oferta y demanda, pérdidas y ganancias, información respecto de oportunidades de negocio existentes no aprovechadas, etc. El rol del emprendedor surge de la introducción del factor incertidumbre en el tablero de juego del mercado debido a la humana limitación del conocimiento. No habría hueco para el emprendedor en un sistema económico repetitivo sin cambio ya que semejante situación requeriría agentes infalibles y omniscientes, lo cual es evidentemente una imposibilidad. El emprendedor es la persona que soporta los riesgos de la incertidumbre y está dispuesto a especular en ese escenario de ausencia de omnisciencia. El emprendedor-capitalista se convierte de esta forma en la figura más importante del juego porque está dispuesto a comprometer y arriesgar su capital en decidir cuándo, qué y cuánto se produce. Diríamos que más que romper ese imaginario equilibrio existente como así ocurre con el emprendedor de Schumpeter, el emprendedor misesiano ajusta las necesidades y oportunidades reales del mercado con el objetivo de satisfacer las necesidades de los consumidores. Ese emprendedor es recompensando posteriormente con beneficios empresariales en la medida en que haya previsto mejor o peor el futuro, o podrá sin duda sufrir pérdidas empresariales en tanto en cuanto su previsión fuera equivocada.

La esencia del emprendedor misesiano no es ni la innovación ni la destrucción creativa, usando palabras de Schumpeter, sino la especulación motivada por la obtención de pérdidas y ganancias. Rothbard nos alertaba de que el descubrimiento y establecimiento de nuevos procesos productivos para un producto determinado o el desarrollo de nuevos productos valiosos por parte del emprendedor son importantes pero la innovación no deja de ser una sola de las actividades que lleva a cabo el emprendedor. Además, muchos emprendedores no son ni siquiera innovadores pero realizan la inversión de capital, escogiendo entre la capacidad tecnológica de producción disponible. La oferta de productos está limitada por la oferta de bienes de capital en mayor medida que por el conocimiento tecnológico disponible en un momento dado.

Israel Kirzner, conocido economista austriaco que ha dedicado la práctica totalidad de su carrera académica a estudiar la figura del emprendedor, pone menos atención en el aspecto especulativo de la actividad emprendedora que Mises. El emprendedor kirzneriano se distingue por su capacidad de estar vigilante al descubrimiento de nuevos objetivos, nuevos recursos disponibles y nuevas oportunidades de negocio a descubrir y aprovechar. Su énfasis en la capacidad vigilante del emprendedor acentúa el hecho de que a pesar de su carácter eminentemente especulativo de la toma de decisiones del emprendedor, en última instancia depende de la muy personal del apreciación del emprendedor el que una oportunidad exista o no. Kirzner, y en esto es muy antischumpeteriano, ve el emprendedurismo no tanto como la introducción de nuevos métodos de producción, productos o mercados sino la capacidad para detectar donde nuevos productos son relativamente más valorados en el mercado sin que otros se hayan dado cuenta antes, y donde los nuevos métodos de producción son ahora eficientes debido a determinado cambio en el mercado.

La concepción austriaca del emprendedurismo también difiere de la de Schumpeter en lo que respecta a la competición. Para Schumpeter la competición es un vendaval continuo de destrucción creativa, puesta de manifiesto en la evolución a largo plazo del sistema capitalista. Pero en la visión austriaca de corte kirzneriano el emprendedurismo se manifiesta en acciones a corto plazo tanto como en cambios a largo plazo, y lo ejercen tanto los imitadores, que siguen a los emprendedores hasta copar todas las oportunidades de negocio descubierta, como los propios innovadores. Para los austriacos el emprendurismo no se detiene hasta que se hayan cubierto todas las oportunidades de negocio existentes en el mercado. Y luego, vuelta a empezar.

Claramente la concepción austriaca del emprendedurismo, a medio camino entre vigilante y especulador, que resulta tanto innovador como imitador, nos parece una visión más adecuada que la de Schumpeter. Esto se debe a que la visión austriaca se sustenta en bases más firmes y realistas del proceso económico que aquella tesis del equilibrio disruptivo a la Schumpeter. No significa que el agente de cambio schumpeteriano, su innovador, no sea real, sino que el proceso en el que interviene y cómo lo hace dista mucho de ser realista pues no existe en el mundo real tal situación estática de partida que súbitamente se ve alterada por completo. Teniendo una concepción u otra del proceso innovador llegaremos a dos conclusiones diferentes, o bien el orden capitalista se acaba desgastándose a si mismo, o bien se trata de un proceso mucho más suave y con progreso a largo plazo. Lo veremos más adelante.

El emprendedor es una figura absolutamente clave en la argumentación schumpeteriana acerca de la descomposición del capitalismo porque con la desaparición de la función empresarial toda la clase social burguesa se verá amenazada de extinción. La pesimista visión de Schumpeter acerca de este decaimiento de la clase burguesa podría resumirse de la siguiente forma: el hombre de negocios acaba por adquirir los hábitos y psicología de sus trabajadores insertos en una organización cada vez más burocratizada. Su sistema de valores y su concepción del deber se ven drásticamente afectados. Ni que decir tiene que en tal organización los simples accionistas han perdido toda relevancia. La moderna gran empresa sigue siendo un producto del proceso capitalista pero acaba por socializar la mentalidad burguesa, apaga la motivación capitalista y en último término arranca de raíz todo rastro de emprendedurismo capitalista.

He aquí el curioso proceso que opera en la clase burguesa emprendedora. La difusión de las ideas racionalistas a la esfera de la vida privada desintegra la familia burguesa. La mentalidad largoplacista del hombre de negocios de convierte en cortoplacista. De esa forma, el empresario asentado se dejar llevar por la tendencia consumista anti-ahorro que precisamente sus enemigos socialistas han difundido y cuya educación él ha pagado. Finalmente el hombre de negocios deja de luchar contra los ataques dirigidos contra él y preferirá llegar a acuerdos antes que seguir luchando por sus ideales1.

El socialismo es superior al capitalismo y lo sucederá

¿Pero hasta qué punto el orden capitalista de libre mercado camina irremediablemente hacia el socialismo? La mayor parte de los teóricos han defendido que el camino hacia el socialismo, aunque puede haberse ralentizado, nunca se ha parado, y eso es algo obvio hoy en día a la luz de la expansión del socialismo en América Latina. El crecimiento del sector público es un hecho en la mayoría de los países, la represión fiscal continúa y el intervencionismo gubernamental en la economía llega hasta regular las aceiteras de los restaurantes. Así, la evidencia de la transición al socialismo suave generalmente aceptado es especialmente evidente en el ámbito empresarial, siendo España un buen ejemplo. La motivación para tomar riesgos empresariales es la perspectiva del beneficio posible. Pero el entorno institucional que anima el espíritu empresarial desapareció tras la Segunda Guerra Mundial y la llegada del keynesianismo a nuestras vidas. Desde entonces el espíritu empresarial ha ido menguando bajo el marasmo burocrático estatal que dificulta, si no paraliza, la libre toma de decisiones económicas.

Todavía tenemos el espíritu empresarial schumpeteriano pero parece casi imposible que surja de la misma forma en que Schumpeter lo preveía. Además, no existe una demanda social de dicha empresarialidad, lo cual añade dificultad a nuestra situación. Por ejemplo, en los Estados Unidos, otrora paraíso capitalista, pervive cierto aprecio por las virtudes del desarrollo económico a través del libre mercado pero por otro lado existe una creciente demanda de regulación o intervención en los resultados no previstos, como decía Hayek, del juego del libre mercado. El resultado es que cualquiera que decida involucrarse políticamente obtiene una renta pública de alguna forma y paradójicamente dicha renta resulta insuficiente para todos los que la reciben. Una circunstancia muy bien reflejada por Bastiat cuando satirizada que el estado es esa ficción a través de la cual todo el mundo pretende vivir a costa de todos los demás. En definitiva, el control público acaba siendo u sinsentido de mala regulación cuyas consecuencias, por ejemplo la dificultad del emprendimiento sano, serán achacadas en última instancia al mercado, libre, dicen. Eso ha ocurrido en la reciente crisis global de 2007-2009.

Y en esas estamos, pero la necesidad de innovación empresarial sigue siendo la misma de siempre. Como decíamos, si ya no son los estadounidenses, ni siquiera los japoneses, tan abenomizados2 ellos, los que emprenden, quizá haya otros. Afortunadamente el mundo es grande y no todos los países están sumidos en el capitalismo. Hay brillantes ejemplos en Asia, América Latina e incluso parece que África comienza a repuntar y cierto espíritu empresarial está naciendo.

Incluso en medio de esta creciente intervención pública en las economías occidentales y evidente disminución de la capacidad emprendedora, todavía no existe un consenso sobre sus consecuencias, lo cual parece a todas luces increíble. Hay mucha gente que ve el camino hacia el socialismo como un camino de liberación. Otros por su lado sí que vemos que ese camino es el Road to Serfdom que anunciaba Hayek nada menos que en 1944. Pero lo que está claro es que el viejo ideal del capitalismo de corte individualista casi heroico está muerto y enterrado.

Nuestras sociedades socialdemócratas siguen viviendo de las rentas, es decir, de los restos de los que aún producen lo suficiente para ellos mismos y para sostener a la casta de parásitos a su alrededor. Se diría que la socialdemocracia es una suerte de perversión buenista conservadora de colectivismo que claramente ha desplazado de la escena social al liberalismo individualista.

Quizá debemos abandonar viejas marcas de “libre empresa” y “empresa privada” pues ya nadie es libre de perseguir sus propios fines utilizando lícitamente sus medios si esto provoca un conflicto con las necesidades de la sociedad, concepto abstracto donde los haya, y que sirve para justificar cualquier bloqueo a la empresarialidad. Hoy en día conceptos como el de empresa socialmente responsable lo invaden todo. Es una magnífica escenificación del mundo randiano. Así es como el capitalismo socava el orden capitalista: en su propio esfuerzo por sobrevivir el orden liberal delata y acusa el sistema que lo hace posible. Y llegamos a un orden social finalmente tan socializado como lo son los trabajadores y consumidores de sus productos.

Schumpeter presentó por primera vez su vaticinio sobre el capitalismo en un pequeño ensayo publicado en 19183. Desde entonces y hasta su últimas obras Schumpeter cuestionaba si la economías capitalistas serían capaces de funcionar a largo plazo sin acabar por oprimir a los individuos. El autor respondía que si el capitalismo pudiera tener cierto futuro solo sería bajo unas circunstancias históricas muy concretas pero en absoluto su tímida defensa de la libre empresa era resultado de una fe ciega en las virtudes del sistema y el orden por él generado. Schumpeter se pasó su vida académica esperando ver cumplida su profecía y afortunadamente para nosotros, el socialismo generalizado nunca llegó por completo, ni parece que llegará.

Mises publicó y probó científicamente la imposibilidad del socialismo en base a que un sistema sin propiedad privada de los medios de producción no encontraría ningún criterio válido de determinación del valor de los factores productivos y por lo tanto sería imposible el cálculo empresarial basado en la guía de pérdidas y ganancias.

El libro Socialismo de Mises fue un punto y aparte en el análisis del socialismo que mostró la imposibilidad lógica y práctica del socialismo, la cual puede ser considerada la más poderosa refutación de las ideas enraizadas en Marx desde que Bohm-Bawerk publicó su también demoledora La Conclusión del Sistema Marxiano, allá por 1898.

Las ideas de Mises influenciaron completamente a jóvenes economistas de la época como Hayek pero apenas significaron nada para Schumpeter pues él defendía que la proposición misesiana era completamente errónea. Nuestro autor siempre pensó en el socialismo como una posibilidad completamente válida y que además era compatible con la democracia. Supongo que el economista tenía en la cabeza una idea de democracia parecida a la de Chávez y Maduro, una democracia absolutamente desvirtuada.

Pero es que Schumpeter no solo defendía la posibilidad de la existencia del socialismo sino que además la veía como superior en términos de eficiencia económica que el capitalismo adulterado que nos rodea. Siendo cierto que nuestro actual régimen económico es un desastre en el cual unos pocos producen y emprenden mientras que una mayoría vive de la producción de aquéllos, no deja de ser un término intermedio y por lo tanto un poco de capitalismo es siempre mejor que la ausencia total del mismo.

A pesar de las enseñanzas de Mises, Schumpeter las obviaba afirmando que la racionalidad económica podría alcanzarse sin mercados reales gracias a la proposición elemental de que los consumidores, al demandar los bienes de consumo, en ese mismo acto estaba también evaluando los medios de producción empleados en la producción de los mismos. Eso no es todo, Schumpeter pensaba que el cálculo económico en un sistema socialista sería incluso más fácil que en el capitalismo de libre mercado debido a que la incertidumbre inerradicable a la que los agentes económicos capitalistas hacen frente desaparecería completamente en el socialismo, sobre todo las reacciones típicas respecto del potencia de los competidores y sobre como la generalidad de la industria se irá conformando. Siendo ello cierto, que en el socialismo no hay incertidumbre empresarial, no debe entenderse como algo positivo sino como el resultado lógico de la eliminación de la creación y difusión libre de información de mercado. No obstante, Schumpeter era un buen conocedor, como Karl Marx, de la superioridad del proceso creativo e innovador inserto en la competitividad capitalista pero dado que ese ideal liberal se acabaría convirtiendo en una suerte de juego para las grandes corporaciones, sin competencia ni creatividad algunas, Schumpeter estima mejor el socialismo que el capitalismo corporativista de nuestra época.

Una importante implicación de la crítica austriaca a la visión schumpeteriana sería que es una abstracción teórica útil en tanto que herramienta para pensar el cambio económico pero en el fondo, es bastante inútil a la hora de predecir nada sólido sobre la dinámica real de la economía. Más allá de estar de acuerdo con Schumpeter en su visión del capitalismo resulta claro que si bien sus argumentos están ligados a la realidad económica pero a su vez están desligados de la misma visión a la que supuestamente dan apoyo, por ejemplo, la comparación institucional del socialismo y el capitalismo. La visión del capitalismo autodestructivo tan presente en toda la obra de Schumpeter está invalidada por su propia distinción entre el capitalismo fetén y el capitalismo en su versión disminuida por los oligopolios corporativistas, pues el socialismo que él tiene en la cabeza es el socialismo de salón, perfecto e inmaculado. Estamos de acuerdo en que el capitalismo actual es un verdadero desastre en general pero no sería justo compararlo con un ideal sistema socialista mágicamente eficiente sino con el socialismo real tantas veces ensayado y tantas otras fracasado.

La visión de Schumpeter acerca del declive del capitalismo no implica la urgente venida del socialismo irremediable a la Marx, ya que el autor no tiene en cuenta en su argumentación los objetivos de tipo cultural del socialismo pues únicamente le preocupa la reorganización de la sociedad y se pregunta si el socialismo puede funcionar, es decir, que si puede ser productivo y eficiente exclusivamente.

Schumpeter ha quedado para la posteridad como el pensador del capitalismo maduro pero creemos que su análisis es bastante imperfecto, incompleto e inadecuado. Pero a pesar de todos sus fallos la visión típicamente schumpeteriana continúa influenciando e inspirando a numerosos pensadores económicos y no económicos actuales. Es cierto que algunos defensores de libre mercado aprecian las aportaciones de Schumpeter por cuanto alertan y ponen el dedo en la yaga de los fallos del capitalismo, entre los cuales me encuentro, pero desde luego eso dista mucho de aceptar como válida su teoría de la autodestrucción del capitalismo. El mismo Mises en su obra “La mentalidad anticapitalista”, de 1956, presenta en buena medida los elementos de la hostilidad hacia el capitalismo que Schumpeter ya había apuntado pero incluso cuando Mises habla de la caída de la civilización occidental Mises rechaza claramente la idea de que el capitalismo camina sin remedio hacia el socialismo. Al fin y al cabo dicha interpretación de la teoría económica es eminentemente marxista pues se parece sospechosamente a esas fuerzas de la historia que la hacen avanzar y finalmente desembocan en el nirvana comunista. Y la verdad es que Schumpeter no mostró prueba alguna que sostuviese su gran afirmación teórica. Mises pensaba que el capitalismo no desemboca en socialismo sino que en todo caso es la población la que desea su eliminación pues espera mayores beneficios del paso al intervencionismo o socialismo. Eso parece que es lo que ocurre hoy en día pues el sistema no se ha transformado en nada por si mismo sino por la lenta reclamación de tipo revolucionario-político de la población.

Por su parte Kirzner, otro gigante austriaco, ha venido defendiendo que cuando a la actividad emprendedora se le otorga un papel clave en el análisis de desarrollo capitalista, y así lo hace Schumpeter a pesar de su posición de equilibrio general, se ve con claridad que el elemento emprendedor del proceso capitalista hace imposible de prever el futuro del capitalismo. Dado que el capitalismo trasciende los límites de todo conocimiento humano, su futuro es, por definición, indeterminable. En tanto que exista la característica capacidad de descubrimiento empresarial siempre surgirán nuevas oportunidades listas para ser aprovechadas y precisamente porque esas nuevas oportunidades son creadas ex novo por el proceso emprendedor no pueden ser el resultado inevitable de proceso empresarial preestablecido alguno. Jamás se podrá predeterminar la línea que el capitalismo seguirá.

La visión kirzneriana del futuro del capitalismo nos dice, más realisticamente, que no es posible predecir ni el progreso ni el declive del orden liberal en el que se asienta. Tratar de preveer el futuro de un sistema tan complejo como el capitalismo es a la vez erróneo y arrogante. Arrogancia en la línea hayekiana de ser imposible aprehender toda la información circulante de la sociedad abierta y menos aún saber hacia donde se dirije.

A este respecto me parece oportuno traer a colación el trabajo de un austriaco un tanto olvidado como es Ludwig Lachamann, quien en su visión subjetivista radical, traída a su vez del caleidoscópico mundo del post-keynesiano Shackle, aboga por la impredictibilidad absoluta en el capitalismo, no pudiendo en absoluto determinar si camina hacia el nirvana de la coordinación continua o por el contrario lleva al caos soñado por los marxistas.

En todo caso, aceptar las limitaciones de nuestra capacidad para conocer el futuro no conlleva que pasivamente nos resignemos a tomar lo que venga como dado sino que por el contrario nos invita a que tomemos partido activamente de nuestro destino y nuestro poder para moldearlo.

La decadencia no es la consecuencia lógica del capitalismo sino la definición del rumbo del capitalismo por aquellos que no entienden su complejidad ni funcionamiento. Quizá Schumpeter no quería realmente ver el ocaso del capitalismo pero su falta de entendimiento de los procesos de mercado y el complejo orden espontáneo, propio de la teoría austriaca, le impedían hacer un buen análisis de lo que estaba viendo. Diríamos que su descripción del mundo presente era buena y sugerente pero su interpretación era nefasta, debido a su tendencia a las teorías del equilibrio, tan escasas a la hora de entender el cambio y el progreso dinámico capitalista.

Conclusiones

Me mojaré y responderé al debate abierto en el título de este trabajo. Diré que Schumpeter era un capitalista pesimista en sus primeras obras y se transformó en un anticapitalista hacia el final de sus días.

Schumpeter era un gran conocedor y estudioso, a su manera, de las dinámicas del capitalismo, sistema al cual apreciaba como un sistema único generador de innovaciones y progreso económico. Así es como lo veía en la primera mitad de su carrera, un buen sistema pero con graves defectos intrínsecos que dificultaban su marcha pero sin llegarlo a entorpecer por completo. Su estudio del emprendedor, siendo más extenso que intenso, nunca ahondó en lo que podríamos llamar una teoría de la innovación sino que habló una y otra vez en la superficie de la cuestión. Quizá fue esa carencia la que le llevó a no llegar a comprender completamente el proceso capitalista. En cualquier caso durante su primera etapa yo percibo cierta opinión favorable al capitalismo, por el cual sentía cierta pena al ver como se veía abocado a un futuro tenebroso sin poder evitarlo, como un padre que ve a su hijo perderse en los bajos fondos pero al que en realidad quiere.

Es a partir de los años 40 cuando a Schumpeter le cambia el carácter y en cierta medida, se agria, académicamente hablando. El desdén hacia el capitalismo es palpable y creciente a lo largo de toda la década. Ya no se le podría calificar de capitalista pesimista sino directamente de un autor que pensaba que el capitalismo era únicamente un estadio más en el camino del socialismo. Dicho rechazo, si hubiera sido meramente académico, podría ser incluso entendible en su época, como ya hemos señalado, pero había algo más en Schumpeter. Desde estas líneas apuntamos cierto desprecio/recelo para con los liberales, a quien minusvaloraba y tomaba por locos llaneros solitarios incapaces de ver que el mundo había girado irreversiblemente hacia el socialismo. Su tensa relación intelectual con Mises y otros pudo incrementar su desprecio por el capitalismo.

De esta forma podríamos entender al Schumpeter liberal y pesimista de juventud, así como comprender al Schumpeter maduro, convertido casi en socialista militante. Desde un punto de vista austriaco me quedo con el primer Schumpeter pues no me gusta pensar, a fuer de liberal, que el orden capitalista es perfecto ni tiende a la perfección, sino que en términos generales sí es superior a cualquier otro sistema. Autores como William Baumol, estudioso de las caras positiva y negativa del emprendedurismo, nos hacen poner los pies en la tierra acerca de los empresarios/emprendedores/capitalistas. Schumpeter iba en ese sentido, nos decía, el capitalismo es superior pero atención a ciertas debilidades. Hasta ahí Schumpeter me parece edificante. Lo que vino después, no tanto. Schumpeter se tiró a la piscina asegurando el fin irremediable del capitalismo, dando un giro copernicano innecesario a sus argumentos previos y comprometiendo su reputación como economista, pues no acertó en absoluto.

Quizá otros ya lo hayan hecho, pero me parece sugerente saber qué ocurrió en la vida de Schumpeter hacia finales de los años 30 para que tomara ese arriesgado camino. ¿Resentimiento, tal vez? Algo debió motivar que un intelectual de su talla, uno de los mejores economistas de la historia, no lo olvidemos, renegara de esa forma del capitalismo, no creemos que simplemente viera la luz del paraíso marxista prometido. Si simplemente fuera eso, entonces Schumpeter debería ser automáticamente descendido de los altares de la historia del pensamiento económico.

PD: Si Schumpeter no hubiera fallecido inesperadamente y dada su evolución intelectual, ¿se habría convertido en un tótem del socialismo internacional de los años 50 y 60?

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1 Esta vision que tiene Schumpeter sobre el declive de los emprendedores a manos de sus enemigos socialistas a los que ha alimentado y hecho crecer es un calco de Atlas Schrugged, de Ay Rand, novela en la cual unos pocos héroes productivos luchaban contra la marea socialista de la mediocridad.

2 Adaptación libre de “abenomics”, la política monetaria expansiva efectuada por el Banco Central de Japón

3 The crisis of the tax state.

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