Trabajo resumen del libro Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial, de Jesús Huerta de Soto, correspondiente a la asignatura ANÁLISIS ECONÓMICO DE LA PLANIFICACIÓN Y DEL INTERVENCIONISMO, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

INTRODUCCIÓN

En la misma medida en que la historia del pensamiento económico ha reconocido la labor el economista neoclásico Milton Friedman y del resto de la Escuela de Chicago en su lucha contra los errores keynesianos, bien podría decirse que la Escuela Austriaca encabezada por Mises y Hayek son ampliamente vistos como los responsables de haber demostrado la imposibilidad del cálculo económico en los regímenes socialistas, o lo que es lo mismo, si asumimos la no existencia de propiedad privada en un sistema dado (socialismo) no surgirán precios de mercado y por lo tanto no se podrá dar el cálculo económico en ausencia del cual resulta humanamente imposible sostener una sociedad compleja (u orden extenso, en términos hayekianos) basada en la división del trabajo (o conocimiento, como señala Huerta) como la nuestra.

Está claro que el sistema socialista, tal y como le ocurre al keynesianismo (que se refunda en formas tales como neo-keynesianismo, nueva economía keynesiana y post-keynesianismo), ha ido viendo sus líneas teóricas ligeramente modificadas pero grosso modo la crítica de Mises allá por 1920 sigue siendo válida.

Particularmente llamativa es la cita que el profesor Huerta de Soto nos regala en el prefacio a la segunda edición de su obra en la cual el economista Mark Blaug admite que “de forma lenta y extremadamente reacia he llegado a darme cuenta de que los economistas austriacos están en lo cierto y todos los demás hemos estado equivocados1.

RESUMEN

El capítulo IV se titula Ludwig von Mises y el inicio del debate sobre el cálculo económico y es buena medida un capítulo dedicado a la historia del pensamiento económico. Huerta de Soto es capaz de trazar los orígenes del debate que da origen al libro no en 1922 con la publicación de Socialismo, de Mises, sino mucho más atrás en el tiempo, tanto como hasta Grecia, Roma, con autores pre-clásicos y clásicos, así como otros muy posteriores como Pareto, Bagehot, Pierson, Barone, Weber y Wieser, entre los más destacados.

Tras realizar las oportunas menciones a estos antecedentes del debate, pasa Huerta de Soto a diseccionar la argumentación fundamental de Mises partiendo del paper original publicado en 1920 llamado “El cálculo económico en una comunidad socialista”, junto, por supuesto, al ya mencionado libro Socialismo, dos años posterior. El artículo de 1920 no es otra cosa que la reproducción de una conferencia dada por su autor un año ante en respuesta a “Through War Economy to Economy in Kind” del filósofo de la ciencia austriaco Otto Neurath, también de 1919.

El sistema socialista se mostraba a los jóvenes idealistas tras la Primera Guerra Mundial que habían sufrido en sus carnes los horrores de semejante enfrentamiento bélico, tal y como apunta su discípulo Hayek en el prólogo que realizó a El Socialismo en 1978 una gran oportunidad para reconstruir el mundo de una forma que ellos creían más justa y racional. Decía Hayek en el prólogo que El Socialismo abogaba por entender que esa reconstrucción del mundo, supuestamente para mejor, en realidad iba en la dirección equivocada. Hayek, que en su juventud fue socialista, no tuvo por menos que sentirse “zarandeado” intelectualmente por semejante obra.

Se pone el autor a continuación a analizar al gran gurú del socialismo, Karl Marx, quién publicó El Capital en 1867, y al que acusa de desarrollar una teoría del valor trabajo errónea, debido a su consiguiente teoría de la plusvalía, mas sobre todo debido a no tratar el desarrollo específico del sistema socialista que pudiera implantarse. Se diría que Marx señaló (a su juicio) un problema y un fin último, algo así como el nirvana del socialismo, pero se “olvidó” de explicar el proceso. Para Huerta de Soto esa posición oficial del marxismo ha venido históricamente siendo empleada para no entrar en el debate acerca de las probabilidades reales del orden socialista y su desarrollo.

Por contra, un mérito que sí ha de reconocerse a Marx es su capacidad para observar y señalar los desequilibrios propios del mercado, lo cual, a juicio de Huerta de Soto, guarda ciertas semejanzas con el estudio de los procesos de mercado típicamente austriaco centrado en como el mercado no está nunca en equilibrio sino que, a lo sumo, tiende a él, pasando por una serie de etapas de descubrimiento y coordinación, posiblemente desequilibradoras.

Basándose en los trabajos sobre el capital de Bohm-Bawerk y los mencionados de Mises, Huerta de Soto concluye que el sistema socialista es esencialmente una utopía ya que defiende que la no-planificación capitalista emergida del orden espontáneo hayekiano podría ser en algún momento remplazada por una suerte de “planificación perfecta”, producto de una supuesta organización administrativa central para la cual los precios de mercado no serían necesarios. Es ese el mantra del socialismo, al menos en un primer estadio histórico del mismo, y origen de toda argumentación contra su factibilidad.

Pasa a continuación nuestro autor a estudiar las que fueron primeras proposiciones de corte socialista para enmendar las pegas al problema del cálculo, y para ello toma el llamado cálculo en especie, siendo inicialmente una propuesta del propio Marx en El Capital2.

La siguiente solución analizada por Huerta es la de realizar el cálculo utilizando las horas de trabajo empleadas en la producción de un bien, idea que obviamente recuerda a Marx y su frustrada teoría del valor-trabajo. En pocas palabras diremos que cada trabajador obtendría un cierto número de cupones en función a las horas trabajadas. Dichos cupones podrían ser intercambiados para conseguir una cantidad previamente determinada de bienes y servicios producidos por otros trabajadores de la comunidad. La gestión de la producción social debería llevarse a cabo conforme a un registro del número de horas empleadas para producir cada bien y servicio. Éstos serían distribuidos a los trabajadores que quisieran dar a cambio la correspondiente cantidad de cupones ganados con anterioridad. En resumen, cada hora trabajada le da derecho al trabajador a reclamar su cuota equivalente de los bienes y servicios producidos por la comunidad.

Mises en 1924 ya criticó a Otto Leichner allá por 1924 y Huerta de Soto coge el testigo al recalcar que esos cupones no son dinero en ningún caso y que existe una ausencia de precios de mercado que muestren las relaciones voluntarias de intercambio. Otro problema estudiado por Mises es aquel que atañe los bienes naturales imposibles de reproducir, tales como el carbón, a los cuales consecuente no se les puede otorgar ningún valor medido en horas de trabajo. Y otra dificultad crucial de esta solución es que no todas las horas de trabajo son uniformes ni homogéneas. Y es que efectivamente, no existe tal cosa como el factor trabajo unitario sino multitud de variaciones, clases y tipos que no pueden ser sumadas/restadas debido a su naturaleza netamente heterogénea, en ausencia de un denominador común como son los precios denominados en dinero emergidos de las relaciones de mercado para cada forma de trabajo.

En último lugar analiza Huerta de Soto la siguiente solución ideada y opuesta a la crítica misesiana centrada en el empleo de unidades de utilidad. Esta propuesta puede ser, si cabe, considerada aún peor elaborada que las anteriores porque es preciso entender que el concepto de utilidad es necesariamente subjetivo, producto de la muy personal estimación que cada agente realiza, por lo que la medición de utilidades es absurdo. Solo pueden llevarse a cabo comparaciones de utilidad respecto de la utilidad de aquellos cursos de acción que se dejan de emprender.

En definitiva, todas estas primeras proposiciones para salvar el problema de cálculo tuvieron su continuación en propuestas de corte estático, a pesar de que Mises ya admitió en su obra que cálculo económico no era un problema desde un punto de vista estático.

El capítulo V se titula La indebida desviación del debate hacia la estática: los argumentos de similitud forma y la llamada “solución matemática” y se inicia considerando los argumentos de similitud formal, los cuales asumen que toda la información está dada y se encuentra disponible. Ante semejante asunción de modelización de equilibrio general el problema de cálculo económico pierde su sentido pues se convierte en una mera cuestión de cálculo matemático, pero no económico. Este viraje en el adjetivo del problema, de económico a matemático, es lo que evita que los teóricos del socialismo respondan a la pregunta sobre cómo es posible que el órgano de planificación central se haga con la información relevante, de carácter tácito y disperso, para coordinar los planes de acción de millones de agentes diseminados por todo un territorio y cada uno con una valoración subjetiva del mundo. Efectivamente, si transformamos el problema económico en uno simplemente matemático nos ahorramos responder a esa cuestión fundamental y solo necesitamos un potente súper ordenador que haga el cálculo. Se lamenta Huerta de Soto del tiempo y energía perdidos en esta indebida desviación, y no le falta razón.

Entre esas mentes brillantes que se perdieron en el debate estático tenemos a Wieser, Cassel, Barone y Lindhal. El propio Schumpeter se confundió en su faceta de historiador del pensamiento económico al pensar que estos autores habían respondido la crítica de Mises. Nada más lejos de la realidad. Lo único que hicieron esos autores fue aportar su granito de arena a la desviación del debate.

Otros teóricos que se enmarcan en la desviación estática son Taylor y Dickinson que abogan por la llamada solución matemática. Pero no son los únicos, Huerta de Soto señala a Tisch y Zassenhaus como colaboradores del error e incluso Cassel y Walras, autores clásicos del equilibrio en cuya obra los autores socialistas se inspiraron.

Ligeramente aparte de la solución matemática tenemos el método de prueba y error, que

Pretende evitar la engorrosa necesidad de solucionar algebraicamente el complejísimo sistema de ecuaciones que se deriva de la misma. En efecto, tanto estos autores como, según veremos más adelante, el propio Lange, consideraban que, siendo la solución matemática la más adecuada, mientras existiesen dificultades prácticas para encontrar la solución del correspondiente sistema de ecuaciones, podría llegarse a una aproximación muy ajustada de tal solución mediante un procedimiento de «prueba y error». Para ello, bastaría con que de partida se adoptaran las «soluciones de equilibrio» heredadas del sistema capitalista vigente con carácter previo a la introducción del socialismo. A partir de ahí sólo sería preciso ir efectuando las modificaciones marginales que fuesen necesarias para «devolver» el sistema al equilibrio siempre que se verificasen cambios3.

Aunque no parece quedar claro cómo este nuevo método se ejecutaría realmente, Huerta de Soto nos dice que vendría a ser en el necesario envío de información por parte de los diferentes agentes y sectores de la economía al órgano central de planificación socialista, informando en particular de las distintos acontecimientos en la producción y combinación relativa de factores. Cuando la información fuera recibida, los planificadores establecerían una especie de precios provisionales que le servirían a las empresas para producir en conformidad a ellos. El propio actuar de cada agente económico señalaría automáticamente donde hay abundancia y escasez relativa, o lo que es lo mismo, donde se han equivocado los planificadores y por cuanto. Una vez reenviada esa información al órgano central, los burócratas recalcularían los precios y el círculo volvería a empezar. Con este método, vemos, el cacareado equilibrio general sería factible y el problema del cálculo de habría (falsamente) erradicado.

Para Huerta de Soto nada esto tiene el menor sentido económico. Y es que es un sinsentido teórico creer que el sistema de libre mercado esté alguna vez en equilibrio, lo cual permitiría al planificador socialista fijarse en dicho sistema y perseguirlo4. Esta actitud naif proviene de la completa falta de comprensión del problema económico que se estaba tratando puesto que los precios de mercado son transmisores de información en cambio incesante pues son el reflejo de las decisiones de actuación de millones de agentes.

Por otro lado, asumir que la transición desde una economía de mercado a una socialista no afectaría a los propios precios es erróneo ya que las modificaciones serían realmente una revolución y por ende todas las áreas económicas se reformularían. Por tanto, incluso aunque hubiera tal cosa como un esquema de precios de mercado en equilibrio, dicha estructura se derrumbaría con la llegada de un nuevo sistema económico por lo que los precios anteriores ya no responderían al nuevo estado de cosas.

Continúa Huerta de Soto argumentando que incluso si, a efectos del debate, se asumiera estabilidad en los precios solo mediante la función empresarial se podrán adecuadamente interpretar. Es decir, si nos encontramos con escasez de determinado producto en el mercado, no necesariamente la respuesta única es la subida permanente de precios pues bien puede incentiva a los empresarios a descubrir alternativas empleando su alertness.

En último lugar el autor concluye el capítulo criticando la cortedad de miras de los defensores del equilibrio. Lo que está claro es que el burócrata no tiene esa capacidad de acción y por lo tanto estaremos perdiendo de vista soluciones de mercado en aras de alcanzar un equilibrio que a todas luces nos es insuficiente para replicar el resultado de la creatividad empresarial.

El capítulo VI se titula Oskar Lange y la “solución competitiva” y en él expone la proposición de resolución más ampliamente conocida y argumentada por parte de los economistas socialistas. Oskar Lange fue sin duda el rival más potente de cuantos se han opuesto a Mises y los austriacos que vinieron tras él en el debate del cálculo. No en vano Lange, de origen polaco, había estudiado en la LSE, Chicago, Berkeley y Harvard. En Harvard fue precisamente donde conoció a Schumpeter amén de conocer a los otros economistas socialistas Alan y Paul Sweezy y, sobre todo, a Wassily Leontief.

La solución competitiva no fue la única aportación de Lange pues Huerta de Soto admite que pasó por hasta cuatro etapas personales de pensamiento pero sin lugar a dudas la solución competitiva es la que mayor relevancia tuvo y a la que nuestro autor se dedica in extenso. Lange reunió y empleó un conjunto de elementos teóricos que ya estaban sobre la mesa desde hace tiempo pero los dio un sentido conjunto. Estamos hablando del método de prueba y error, la fijación de precios conforme a los costes marginales de producción y los flujos de información arriba y abajo entre los burócratas y los agentes a pié de terreno.

Oskar Lange se inspiró en los modelos walrasiano y neoclásico, junto a las aportaciones de Heimann y Polanyi, para desarrollar su propio modelo en el cual se llegar al equilibrio en los sistemas de mercado. Dicha postulado se basa en que los precios al consumo y los salarios se fijan en el mercado en tanto que los burócratas planificadores se encargarían de establecer solamente los precios de los factores de producción.

En cuanto a la forma en que esos factores de producción verían fijados sus precios no hay más respuesta que al libre entender del burócrata de turno. Es a posteriori cuando el miembro del órgano de planificación se vería en la necesidad de seguir el comportamiento de los mercados conforme a los precios fijados por él y en función de si se producen escaseces o abundancias subir o bajar los precios mediante el empleo del método de prueba y error ya enunciado anteriormente. Siempre a la búsqueda del equilibrio.

En resumen la propuesta del teórico socialista no es otra cosa que una revisión del método de prueba y error venido de Walras y Taylor de tal forma que, dejando al mercado la fijación de los precios de los bienes de consumo y salarios, el estado establece la distribución de recursos de capital que alcanza el equilibrio.

Si se sigue este planteamiento Huerta de Soto cree ver una derrota implícita de los teóricos socialistas respecto de los planteamientos misesianos pues entonces los socialistas admitirían que el mercado siguiera funcionando para cierta parte de los precios y solo habría intervención para los bienes de capital. En cualquier caso sí que parece un paso atrás de los teóricos socialistas en sus anteriores posiciones de control burocrático pleno sobre la economía.

Este llamado socialismo de mercado no plantea destruir el mercado por lo tanto sino mantenerlo allá donde sea útil e incluso buscar una convivencia entre socialismo y mercado. Todo esto no tiene sentido salvo si se defiende que el mercado existía antes del desarrollo capitalista, es decir, el capitalismo es el sistema a eliminar pero no necesariamente el mercado previo.

Bajo la óptica del Escuela Austriaca la mera proposición del socialismo de mercado supone una victoria de sus autores, personalizando en Mises ya que ningún economista hoy día plantea la centralización plena de la economía, admitiendo la necesidad de existencia de un mercado que fije precios.

Desde la óptica marxista el socialismo de mercado viene a significar el definitivo abandono del postulado en virtud del cual la planificación tiene como objetivo la eliminación de la competencia, más allá incluso que ser su simple opuesto teórico. Por lo tanto, los socialistas surgidos después de las tesis de Lange ya no comulgaron con la rígida planificación central de inspiración marxista sino que veían con buenos ojos la existencia de competencia aunque los medios de producción fueran propiedad del estado.

Huerta de Soto describe abundantemente hasta siete problemas del modelo de Oskar Lange. Señala el autor que “la imposibilidad de elaborar la lista de bienes de capital” en condiciones de ausencia de verdaderos empresarios dado la esencia subjetiva del capital y de los medios de producción en general. Posteriormente apunta Huerta de Soto a la profunda mala comprensión por parte de Lange de lo que es realmente un precio de mercado como su rival austriaco Mises se lo señalaba. Los precios Lange son paramétricos, no verdaderos precios, por lo que solo son útiles en un mundo de de equilibrio walrasiano. Otro problema viene de la “inexistencia de verdaderos precios libres para los bienes y servicios de consumo” y los salarios puesto que no habría mercados libres que los determinaran. Sigue Huerta de Soto apuntando que las reglas de Lange son imposibles de cumplir en una economía dinámica real, tanto la regla que alude a la adopción de una relación de factores que minimice los costes medios y la que habla de producir hasta que se iguales precios y costes marginales. Tampoco tendría sentido el método de prueba y error, como ya hemos explicado. Sigue Huerta de Soto y se fija en lo arbitrario de la fijación de un tipo de interés artificial, lo cual se uniría a la existencia de un verdadero mercado de capitales, con bolsa de valores y acciones representativas del valor de las empresas del mercado. Y finalmente no debemos olvidar, nos dice Huerta de Soto, de la “ignorancia en cuanto al comportamiento típico de los organismos burocráticos”.

El debate con Lange, por época, no lo sostuvo con Mises sino con su discípulo Hayek a caballo de los años 30 y 40. Cuenta Huerta de Soto una anécdota que posiciona bien al autor sobre quién ganó el debate. Nos dice el autor que en el intercambio epistolar entre ambos teóricos opuestos el propio Lange llegó a admitir que los problemas señalados por Hayek y que el modelo de equilibrio estático walrasiano que él usaba no daba de sí como para afrontar las pegas. Llegó Lange a admitir en 1943 que solo la socialización de las industrias clave era aceptable, mientras que los medios de producción relacionados con el resto de industrias deberían seguir estando en manos privadas ya que “ello permitía mantener la flexibilidad y capacidad de adaptación que solo la iniciativa privada con carácter exclusivo permite alcanzar5. Años después, tras la Segunda Guerra Mundial y a pesar de haber prometido una respuesta final a Hayek Lange en última instancia no respondió y se enrocó en sus posiciones originales, previas incluso a los “avances” producidos durante los años de debate intelectual. Ahí murió el debate.

El capítulo VII lo dedica Huerta de Soto a ciertas consideraciones finales sobre otros tres economistas socialistas tales como Durbin, Dickinson y Lerner. Todos ellos retomaron el argumento del socialismo à la Lange y desarrollaron una propuesta en la que introdujeron elementos de corte competitivo para afrontar el eterno problema del cálculo en el sistema socialista.

Para Huerta de Soto, el teórico Durbin, de cuyas ideas realiza una amplia exposición, a pesar de que Durbin tuviera conocimientos sobre la Escuela Austriaca y sus diferencias respecto del paradigma del equilibrio neoclásico, no se encuentran mayores contribuciones que hicieran avanzar el debate significativamente.

Tampoco el segundo teórico analizado Dickynson hizo aportaciones al debate pues se mantuvo en esencia bajo posiciones estáticas muy semejantes a las que en su día ya había sostenido. Según Huerta de Soto Dickynson nunca fue capaz de ver que “La gran maravilla de la vida en una sociedad capitalista movida por la fuerza de la empresarialidad radica en que en la misma cada persona o agente económico aprende a disciplinar y modificar voluntariamente su comportamiento en función de las necesidades y deseos de los demás, todo ello en un contexto en el que cada uno persigue los más variados, ricos e imprevistos fines”6.

Dickinson observa que el sistema socialista sería mejor por cuanto podría disminuir la incertidumbre típicamente capitalista y que a ojos de los teóricos del mercado austriacos es precisamente la esencia del modelo de libre mercado. Parece claro que Dickinson no entiende el proceso social descentralizado en el marco de un sistema capitalista y cuya coordinación se hace posible precisamente gracias a los precios. Dickynson asume, al igual que los teóricos socialistas previos, que los burócratas planificadores tendrían al al alcance la información necesaria para dirigir la economía mediante mandatos.

En última instancia destaca Huerta de Soto la candidez de Dickinson al defender que en ese entorno de control pleno de las relaciones económicas gracias al poder máximo del órgano de planificación central sería compatible con la libertad individual. No acertamos a ver cómo semejante mamotreto administrativo, arbitrario y desmesurado puede en alguna medida ser respetuoso con la libertad de cada individuo.

Ataca Huerta de Soto el último de los teóricos socialistas de su obra, Abba Lerner quien fundamentalmente cayó en los mismos fallos que sus predecesores. Lerner admitía expresamente la necesidad de tener acceso a información completa de cada fábrica, conocer las variaciones continuas de oferta y demanda así como de todas las industrias, y por lo tanto los precios son necesarios en tanto que transmisores de esa información que él reclamaba para el órgano de planificación. Lo que no supo ver Lerner es que esa información no está nunca disponible en la forma en la que él la imagina. Lerner puede se considerado como un walrasiano extremo en tanto en cuanto condena toda desviación del equilibrio general como un fallo de mercado típicamente producido por el capitalismo pero que un sistema de planificación central podría paliar.

En definitiva, para Huerta de Soto ni Durbin, ni Dickinson ni Lerner aportaron nada nuevo al debate y mucho menos respondieron a los desafíos planteado por Mises primero y Hayek después.

CONCLUSIONES

En su obra, tanto en los capítulos aquí analizados como los previos que no han sido objeto de resumen en este trabajo, el profesor Huerta de Soto demuestra claramente por qué el socialismo es un error intelectual, y lo hace subiéndose a hombros del gigante Ludwig von Mises.

El autor nos muestra uno de los debates más apasionantes en la historia del pensamiento económico moderno desarrollado por “contrincantes” austriacos y socialistas. Huerta de Soto realiza una una amplísima recopilación de ideas y obras que cita literalmente, muchas de ellas auténticas joyas de la historia del nuestra disciplina, aunque fueran equivocadas. Es gracias a todo ese trabajo de investigación que Huerta de Soto puede tener éxito en su tarea de presentar al lector todas las ideas clave del debate, desde la proposición original de Mises en 1920 a los último coletazos socialistas, pasando por el interesantísimo enfrentamiento entre Lange y Hayek.

La lectura del libro nos aclara que la llamada solución matemática no responden a la esencia del planteamiento misesiano en absoluto, sino que lo malinterpretan para buscar un atajo intelectual a ninguna parte. No obstante la desviación matemático-estática sí sirvió de refugio intelectual al socialismo y a sus principales proponentes durante bastantes años. Lo que no queda claro es si ese empecinamiento de los teóricos socialistas en el equilibrio, a pesar de las numerosas llamadas al orden de Mises y Hayek, fueron honestas por cuanto no comprendían a los austriacos y/o pensaban realmente que el equilibrio es el nirvana económico, o por el contrario existió cierta malicia con la que esconder sus propias debilidades.

A lo largo de los capítulos hemos visto cómo los teóricos socialistas cambiaban sus posiciones, llegando a retroceder en muchas ocasiones ante los ataques austriacos. Entre la ortodoxia marxista defensora de la eliminación de la propiedad privada y control pleno de la economía, y el socialismo de mercado que Lange defendió a principios de los años 40 hay una distancia enorme que habla a las claras de la fuerza del argumento austriaco.

En buena medida se puede entender el socialismo más elaborado como una consecuencia directa de la matematización de la economía y solo una vuelta al subjetivismo metodológico y al individualismo puede despegarnos de esa tela de araña matemática. En ese sentido Mises y Hayek aportaron una gran cantidad de argumentos para darnos cuenta de los peligros del uso de las matemáticas para hacer economía. Y en particular es un ejemplo estupendo de esta desviación estática y sus peligrosas consecuencias la posición de Abba Lerner, el cual, recordemos, sancionaba que todos aquellos aspectos en los cuales el mundo real no se ajustase al modelo de equilibrio general y competencia perfecta eran sancionados como indebidas desviaciones del camino hacia el nirvana que debían ser corregidas inmediatamente por medio de la intervención estatal. En efecto, la absoluta falta de comprensión, empatía y distancia en la posición de Lerner son tan alarmantes que, si bien pueden ser achacables a él mismo, hay mucho, a nuestro entender, de problema general de la economía matemática, pues es capaz de hacer creer que la economía modelizada es realmente Economía, con mayúsculas.

Finalizaremos este trabajo-resumen enunciando que Huerta de Soto acierta completamente a mostrarnos por qué la economía austriaca ganó el debate, aportó a la ciencia económica la eterna desconfianza hacia la planificación central y revolucionó durante unos años los estándares de debate en los que se discutía. Por un momento se planteaban dos modelos, el estático del equilibrio matemático conducente al socialismo, y por otro el dinámico de la economía de libre mercado. Si el mundo a día de hoy no es un lugar poblado (aún más) de sistemas socialistas, se lo debemos, aparte de las propias inconsistencias del socialismo que lo hacen caer, a las aportaciones seminales de Mises y Hayek, figuras para tantos economistas (y no economistas) que si alguna vez sintieron la tentación de defender el socialismo no lo hicieron tras leer lo absurdo e inhumano de dicho sistema.

————————————————————————————————————————————————————————

1Blaug y De Marchi, 1991, p.558. Para estos autores el simple hecho de medir la aplicación de la economía neoclásica con el fin de demostrar la capacidad de calcular en el socialismo es un hecho “tan ingenuo desde el punto de vista administrativo como para dar risa. Sólo aquellos emborrachados con el modelo de equilibro estático perfectamente competitivo pueden haberse tragado semejante tontería. Yo mismo fui uno de los que se la tragó en mis años de estudiante en los 50 y ahora no hago sino maravillarme ante mi propia falta de agudeza”.

2Así, para Huerta de Soto “El problema de las propuestas de efectuar el cálculo económico in natura o en especie es, con independencia de que sea imposible que la información necesaria pueda estar disponible para el órgano de coacción central, simplemente que no es posible efectuar cómputo alguno, ni suma ni resta, entre cantidades heterogéneas. En efecto, si el órgano director decide entregar, por ejemplo, a cambio de una determinada máquina, 40 cerdos, 5 tonelas de harina, 1 tonelada de mantequilla y 200 huevos, ¿cómo puede llegar a saber si no está entregando, desde el punto de vista de sus propias valoraciones, más de lo que debiera? O, expresándolo de otra forma, ¿sería posible conseguir fines de mayor valor para el propio órgano de control si dedicara esos recursos a otras líneas de actividad? Quizá quepa disculpar que, en un principio, los teóricos socialistas no fueran capaces de aprehender el insoluble problema que para el socialismo supone el carácter subjetivo, disperso e inarticulable del conocimiento empresarial, pero lo que no cabe disculpar es que hayan caído en el burdo error de pensar que podrían efectuarse cómputos racionales sin utilizar como común denominador ninguna unidad monetaria”, p.200. Cita a continuación Huerta de Soto al economista socialista pues éste se opuso frontalmente a la solución del cálculo en especie como una solución viable.

3Pág. 235.

4En cierta medida esto es lo que hacían los planificadores soviéticos cuando se fijaban en los precios relativos de las materias primas en el mundo libre para acorde esa información establecer sus propios precios relativos. Un disparate.

5Pág. 334, Huerta de Soto citando a Lange en su trabajo sobre los “Fundamentos económicos de la democracia en Polonia”.

6Pág. 371.

Advertisements