Trabajo sobre el artículo Sobre la Producción de Seguridad, de Gustave de Molinari, correspondiente a la asignatura  LA DEFENSA Y LA SEGURIDAD PRIVADA COMO ALTERNATIVA EFICIENTE AL SECTOR PÚBLICO, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

PREFACIO

Antes de comenzar plenamente el comentario al artículo de Molinari me gustaría poner de manifiesto un hecho que creo claramente contradictorio en el prefacio de Rothbard, publicado en mayo de 1977, en relación a otro de sus artículos. Señala aquí Rothbard que “In contrast to all previous individualistic and near-anarchistic thinkers […] Molinari did not base the brunt of his argument on a moral opposition to the State. While an ardent individualist, Molinari grounded his argument on free-market, laissez-faire economics, and proceeded logically to ask the question: If the free market can and should supply all othergoods and services, why not also the services of protection?Esta afirmación, entendida en el contexto general de apreciación del artículo de Molinari, debe hacernos ver que Rothbard cree favorable, o al menos no despreciable, el hecho de que Molinari no defienda el mercado hasta sus últimas consecuencias por motivos éticos sino meramente utilitaristas, lo cual sería bastante honesto por parte de Rothbard. No parece muy adecuado cargar contra Molinari porque pensara que el mercado es utilitariamente mejor.

Hasta aquí todo bien sino fuera porque en otro artículo de Rothbard titulado “Do you hate the state?”, publicado en julio 1977, es decir, solo dos meses después, Rothbard argumentaba:

Let us take, for example, two of the leading anarcho-capitalist works of the last few years: my own For a New Liberty and David Friedman’s Machinery of Freedom. Superficially, the major differences between them are my own stand for natural rights and for a rational libertarian law code, in contrast to Friedman’s amoralist utilitarianism and call for logrolling and trade-offs between non-libertarian private police agencies. But the difference really cuts far deeper. There runs through For a New Liberty (and most of the rest of my work as well) a deep and pervasive hatred of the State and all of its works, based on the conviction that the State is the enemy of mankind. In contrast, it is evident that David does not hate the State at all; that he has merely arrived at the conviction that anarchism and competing private police forces are a better social and economic system than any other alternative. Or, more fully, that anarchism would be better than laissez-faire which in turn is better than the current system. Amidst the entire spectrum of political alternatives, David Friedman has decided that anarcho-capitalism is superior. But superior to an existing political structure which is pretty good too. In short, there is no sign that David Friedman in any sense hates the existing American State or the State per se, hates it deep in his belly as a predatory gang of robbers, enslavers, and murderers. No, there is simply the cool conviction that anarchism would be the best of all possible worlds, but that our current set-up is pretty far up with it in desirability. For there is no sense in Friedman that the State –any State – is a predatory gang of criminals.

En otras palabras, Rothbard critica que el anarcocapitalista David Friedman lo sea por motivos utilitaristas mientras que pone en valor su propia obra e ideología por ser iusnaturalistas. No vamos a criticar aquí una posición u otra sino simplemente poner de manifiesto lo que nos parece una flagrante inconsistencia en su argumentario en apenas dos meses de diferencia.

COMENTARIO

Vayamos ya sí al comentario del artículo sobre la producción de seguridad de Gustave de Molinari. El autor opta por realizar un análisis partiendo desde el principio, literalmente, explicando los fundamentos del ser humano y sus motivaciones en sociedad. Esa forma de argumentar se parece mucho a la praxeología desarrollada por Mises en La Acción Humana, quien comenzando desde el axioma de que el ser humano actúa es capaz de desarrollar un corpus teórico económico completo.

Comienza Molinari describiendo las pulsiones humanas a relacionarse en sociedad y cómo llega ésta a formarse. Señala a continuación que entre las necesidades humanas, una de las más básicas es la seguridad personal. Este esquema de pensamiento es netamente austriaco, siendo muy reconocible la economía de medios y fines que estableció Menger unos años después.

Por lo tanto, nos encontramos con que la seguridad es estrictamente necesaria y debe ser proveída de alguna forma por alguien o algo. Históricamente, y en términos generales, la figura del estado protector ha emergido con facilidad en base a esta justificación. El gobierno, forma básica del empleo del poder físico sobre un grupo, ha existido siempre, desde las tribus primitivas hasta la actualidad. De esta forma el gobierno se convierte en atávico pues desde el principio de los tiempos su presencia ha sido permanente y en buena medida se adapta a los recientes estudios en el campo en psicología evolutiva que señalan que el ser humano de hoy tiene mucho de aquel ser de las cavernas, temeroso, con razón, de los peligros que le acechaban y ante los cuales no quedaba más opción que la agrupación y la mutua protección. De ese caldo de cultivo es fácil colegir como uno o varios individuos más inteligentes, fuertes o, posteriormente, mejores comunicadores, son capaces de crear un poder fáctico sobre los demás y llegar posteriormente a legitimarse1.

Para Molinari la sociedad es un orden espontáneo de tipo hayekiano, la cual no ha sido creada expresamente por ningún agente externo sino que se teje a sí misma de forma autónoma y coordinada. Ese orden extenso al que llamamos sociedad no tiene por qué pensarse en términos estrictamente buenistas, es decir, la violencia entre individuos es natural pues no todo el mundo conocer y/o respeta los derechos del otro. Es en ese marco que Molinari inserta su necesidad de existencia de uno o varios proveedores de seguridad.

La premisa de partida es que el mercado es capaz de proveer cualquier tipo de bien o servicio de forma más barata y mejor que el proceso coercitivo protagonizado por el poder público. Por ende, si todo bien o servicio se somete a esta ley, no hay razón para pensar que la producción de servicios de seguridad no pueda caber para el paraguas de la libre competencia.

Clama Molinari que el gobierno no debería interferir si agentes privados quisieran ofrecer libremente servicios de seguridad a los ciudadanos en régimen de competencia de mercado pero evidentemente dicho enunciado choca frontalmente con la idea primigenia del estado como único legitimado para actuar en un territorio dado y sobre una población determinada.

Lo que le extraña al autor, como a los posteriores pensadores anarcocapitalistas como Walter Block o Hans Hoppe es por qué se asume sin más análisis que el estado deba proveer en régimen de monopolio este servicio. ¿De dónde viene este pensamiento? ¿Por qué no se cuestiona si quiera? A eso se dedica el economista franco-belga en su paper.

Realmente el autor tiene razón, pues desde un punto de vista meramente de observador objetivo no hay nada que a priori nos impida concebir una seguridad privada, por ello, la marcada excepción que existe en nuestra sociedad contra este mercado en particular resulta curiosa cuanto menos. Nos dice Molinari que las leyes, entendemos que derivadas de axiomas à la Mises, nos conducen a saber que el principio de división del trabajo es necesariamente bueno en todo tiempo y lugar, equiparando leyes económicas a leyes naturales como la gravedad, no hay lógica alguna en la negación o suspensión temporal de tal principio. En cualquier caso, o el mercado funciona siempre o no lo hace nunca y se aplica la producción comunista.

Constata Molinari que la población en general acepta la monopolización del sector de la seguridad sin poner oposición cuando dicha aceptación no se produce en casi ningún otro sector, en los cuales se admite la existencia de partes importantes de mercado.

A continuación traza una de las líneas más claras con la teoría de Rothbard sobre monopolio. Para Molinari “todo monopolio se ampara necesariamente en la fuerza”, lo cual calca la definición de monopolio rothbardiano según la cual en un mercado libre, sin estado ni coacción de ningún tipo, la cantidad de oferentes no implica una posición de dominio pues aunque solo hubiera uno, si ese uno no tiene el poder de impedir que otro entre en el mercado, nunca será un monopolio como se entiende comúnmente. Por el contrario, si existe la capacidad de impedir por la fuerza que otro agente ofrezca el bien o servicio entonces efectivamente estaremos ante una posición de monopolio. Esa fuerza a la que Rothbard y Molinari aluden no es otra que la del estado. Por lo tanto, el estado es monopolista en el mercado de producción de seguridad porque impide que otros empresarios ofrezcan sus servicios. El estado, aunque modernamente se pretenda autolegitimar de formas más sofisticadas, en última instancia su verdadera legitimación reside únicamente en el empleo de la fuerza, es decir, en la opresión de los que osen competir contra su poder.

Menos acertada nos parece la idea según la cual “el monopolio siempre acaba por desaparecer, ya sea de manera violenta, o como resultado de una transacción amigable”. No existe bibliografía que soporte dicha afirmación. La única forma en la que cabe entenderlo, y es así como lo hace Molinari es en el sentido de simple cambio de régimen, pero que en última instancia no afecta a nada sustancial, el estado, monopolista de la fuerza, no desaparece. Muy al contrario parece claro que la tendencia generalizada es hacia un mayor poder estatal desde hace 250 años.

En cualquier caso, asumamos la hipótesis del autor y pensemos ahora que el monopolio de los reyes acaba, como así fue. ¿Qué ocurrirá después? Para Molinari, si el pueblo conquista el monopolio del rey se acabará imponiendo otro monopolio pero de otras características, en concreto la gestión socializada, que no es más que un tipo de monopolio, quizá más peligroso que el monopolio del rey, como bien ha mostrado Hans Hoppe en su Democracia, el Dios que falló.

Ante esta disyuntiva, no solo teórica sino también práctica pues ha ocurrido muchas veces a lo largo de la Historia, entre acabar con toda forma de monopolio o sustituirla por otra nueva, y peor, las sociedades de han encaminado todas hacia la socialización. Solo han diferido unos casos de otros en como de despótico se ejercía el monopolio, es decir, entre socialdemocracia y comunismo.

Lo que parece claro es que el proceso histórico es el que va desde el régimen de monopolio monárquico al del comunismo es un hecho, entendiendo el comunismo como la “gestión por el pueblo” de determinada industria. Dado que vivimos en una época en la que los estados democráticos de todo tipo se arrogan el monopolio de la seguridad entonces lo llamamos comunismo dentro de este sector. Por lo tanto es importante no confundir con la idea moderna, y posterior a Molinari, de estado totalitario comunista en el que todos los sectores son gestionados por el pueblo.

Lo que cabe preguntarnos es por qué este proceso sucede casi irremisiblemente, por qué el sector de la seguridad cae siempre en el comunismo tras pasar por la monarquía monopolística. La respuesta es directa es porque se trata de un servicio que cae muy fácilmente en monopolio, ya sea del rey o del pueblo. La realidad del demandante de seguridad es la debilidad mientras que el proveedor es fuerte. Uno tiene las armas y el otro no. Esa posición de partida absolutamente desequilibrada tiende a producir un solo resultado: quien tiene la fuerza tiende a dominar a quien no la tiene. Por lo tanto parece casi natural que el fuerte no respete al débil y se acabe imponiendo mediante el establecimiento de un monopolio (estado).

Señala acertadamente Molinari que ese poder monopólico en su territorio busca continuamente su desarrollo, que en términos de monopolio en este sector no es otra cosa que la expansión territorial mediante el ejercicio de la guerra. Como dijo muy certeramente Randolph Bourne “la guerra es la salud del estado”2. Esta idea fue corroborada por Hayek en su obra “Socialismo y Guerra”.

En este sentido la diferencia entre convertirse en monopolio de la producción de seguridad y de cualquier otro sector es evidente. Un hipotético monopolista de la producción alimentaria bien podría considerarse ultra poderoso pero nunca realmente peligroso. En cambio, el monopolista de seguridad y detentor único del poder de emplear la violencia sí es un sujeto con enormes incentivo para usar su industria para algo más que dar un servicio a los demandantes de seguridad.

En definitiva la evolución histórica condujo a que el monopolio de seguridad monárquico se impusiera y se extendió hasta que las masas se revelaron. Posteriormente el poder real se vio obligado a la negociación con las masas, de forma que se crearon parlamentos y otros instrumentos de moderación del poder e interlocución entre gobernante y gobernado. Pero esta situación acabó finalmente por explotar completamente, “un día los consumidores explotados de esta forma se insurreccionaron contra los productores.” Así, una serie de idas y venidas en el poder se sucedieron hasta que en el siglo XIX se sustituyó finalmente el monopolio del rey por el monopolio popular, la monarquía por el comunismo.

Si durante el periodo monárquico nos hacíamos la preguntar de por qué la producción de seguridad queda en manos del rey y no encontrábamos respuesta desde el punto de vista de los principios de libre mercado, ahora que nos encontramos en el periodo comunista nos volvemos a plantear la misma cuestión. O bien producimos la seguridad conforme a criterios de libre mercado o bien bajo el mandado comunista. Y es aquí cuando lanza Molinari la gran afirmación. “Comunismo total o libertad total, ¡he ahí la alternativa!” Y efectivamente así es, o el mercado funciona siempre mejor que el estado o no lo hace nunca, pero no depende de cada sector. Comunismo a la norcoreana o anarcocapitalismo, voilà las dos opciones reales que tenemos.

Ante semejante disyuntiva los economistas históricamente siempre se han pronunciado en favor del comunismo. Para Molinari la razón se encuentra en que aquéllos no comprenden la complejidad del mercado, del orden extenso hayekiano. No es baladí esta cuestión porque significaría, no que el mercado es concebido por la profesión como una solución inferior sino que ni siquiera llegan a comprender completamente dicha solución. Hayek y Huerta de Soto han incidido en multitud de ocasiones la falta de comprensión de los procesos de mercado por parte de los economistas actuales del mainstream así como por parte de los intelectuales. Todos ellos consideran que está a su alcance la capacidad de diseñar la ciudad conforme sus expectativas. Por aquí, el discurso de Molinari es completamente hayekiano.

Acomete Molinari la última etapa de crítica al comunismo con base a postulados absolutamente misesianos/huertianos pues se pone a discutir la imposibilidad del socialismo con base a la información que debería tener el dirigente benévolo solo está al alcance de un ser superior. De ahí que siempre se suela deificar a los poderosos gobernantes y éstos a su vez busquen la legitimidad en la figura de un dios, ya que el poder divino no se discute. Pero no se dan cuenta los defensores del monopolio que el rey está desnudo en el sentido de que no tiene ningún tipo de inteligencia sobre humana capaz de ver y entender las complejas relaciones sociales lo suficiente como para administrarlas a su antojo.

El comunismo se diferencia de la monarquía en su legitimación. La democracia popular ya no mira a Dios sino al propio pueblo, conquistador del poder y ejerciente del mismo, aunque sea por medio de organismos políticos de representación. El comunismo asume que la razón siempre puede organizar la sociedad, empleando el debate social como medio para descubrir soluciones, esto es, el asamblearismo. Pero pensar que la mayoría ha de tener necesariamente razón es una tontería. Nadie mejor que Brian Caplan ha puesto de manifiesto las debilidades de la toma de decisiones democráticas. La escuela de la elección pública también ha trabajado en este sentido. Otra critica que observa Molinari es la ética, que se entronca muy bien con la propuesta rothbardiana en el sentido de que los derechos del individuo son inviolables, no importa cuanta gente haya decidido democráticamente arrancárselos.

Un acontecimiento como son las revueltas contra el poder ponen de manifiesto que el origen de la legitimidad del poder monopolista, más allá de las vestimentas que pongamos sobre el poder para reforzar su autoridad, en realidad, ésta se sustenta en la violencia. Es por ello que cuando la población deja de creer en ese poder éste se autoafirma simplemente recurriendo a la violencia3. Lógicamente la consecuencia es evidente, en palabras de Molinari, “toda organización artificial conduce necesariamente al terror.”

Finaliza Molinari explicando el surgimiento y posible desarrollo de una sociedad anarcocapitalista partiendo desde el grupo de hombres libres que trabajan e intercambias a la sociedad más compleja en la que el servicio de seguridad es provisto privadamente mediante el surgimiento de empresas/agentes que llegan a acuerdos voluntarios con los consumidores. En ese sentido el autor no deja de mencionar la posibilidad del nacimiento de un nuevo estado a partir de esta sociedad libertaria. De hecho se puede considerar intelectualmente honesto la introducción de esta posibilidad en su análisis. No es vano esta es una de las grandes críticas que los minarquistas hacen a los anarcocapitalistas. ¿Qué o quién le impediría a un agente oferente de seguridad convertirse en monopolista con base a la misma crítica que antes habíamos hecho al surgimiento del estado? En cualquier caso, la idea de sociedad anarcocapitalista que tiene Molinari es la de empresas basadas en un territorio determinado dentro del cual son monopolistas (en el sentido no rothbardiano sino clásico). Siendo cierto que deja abierta la posibilidad a que los ciudadanos se muevan de un territorio al otro, esta forma de imaginar el anarcocapitalismo nos parece débil, arcaica y poco robusta.

CONCLUSIONES

Molinari se considera un economista avanzado y ha pasado a la historia del liberalismo por ser el primero en proponer que la seguridad ciudadana pueda ser proveída de forma privada. Su argumento en base a etapas lógicas es netamente praxeológico, de una premisa inicial descubre todo un corpus teórico lógico basado en el mercado. Hay mucho de Molinari en Rothbard indudablemente y se pueden reconocer elementos misesianos y hayekianos. Por todo ello su discurso tiene mucho de visionario, lo cual le ha llevado a influir en buena parte de la moderna Escuela Austriaca de Economía.

En el trabajo sobre El Mito de la Defensa Nacional tendremos la posibilidad de explorar una visión de la defensa y seguridad privada mucho más sofisticada que la de Molinari pues la suya tiene el mérito de ser la primera y darnos una intuición pero no se la pueda considerar como demasiado elaborada.

————————————————————————————————————————————————————————

1Muy ilustrativa es la reciente aportación del filósofo anarcocapitalista americano Michael Huemer quien se dedica a estudiar la forma en la que el poder se auto-legitima.

2El estado, monopolista de seguridad, entiende la guerra en una doble vertiente, interna y externa. En su vertiente interna la guerra contra su enemigo exterior, real o inventado, fuerza a los súbditos/esclavos/ciudadanos a hacer un sobreesfuerzo que, siendo temporal, acaba convirtiéndose en permanente de forma que el poder del estado tiende a crecer con las guerras. Y externamente la guerra la proporciona al estado la evidente posibilidad de expandir su poder territorial conquistando otros estados, incluyendo sus recursos y habitantes. Ambas vertientes por lo tanto suponen un fuerte incentivo del monopolista de la seguridad hacia la guerra exterior.

3Este proceso se puede apreciar perfectamente en Venezuela, donde los levantamientos sociales de febrero de 2014 han puesto de manifiesto que el poder autoproclamado democrático, abierto, social, etc. no ha dudado en tirar de la fuerza para reafirmarse.

Advertisements