Trabajo sobre este paper correspondiente a la asignatura PROCESOS DE MERCADO Y EFICIENCIA DINÁMICA DE LAS INSTITUCIONES, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

Introducción

Desde el surgimiento del racionalismo cartesiano el argumento en favor de la intervención pública en la economía dice que el llamado “homo economicus” es capaz de racionalizar toda la actividad económica a su alrededor. En este contexto, la actuación pública tiene como objetivo predecir y gestionar recursos dados, rectificar los desequilibrios macroeconómicos y transformar la sociedad conforme a un plan determinado. De esta forma, el equilibrio se convierte en la quintaesencia de las economías modernas en la misma medida en que el concepto de valor era el centro del problema económico hace 200 años, hasta que fue resuelto en 1871-73 por Menger, Jevons y Walras.

La convicción de que la economía es un mecanismo y que funciona de forma similar que los sistemas mecánicos de acuerdo a esquemas simplificados llamados modelos proviene de la concepción mecanicista del mundo. Conforme a este conocimiento perfecto irreal la ciencia económica se ha fijado como objetivo entender e intervenir en el mecanismo económico mediante el análisis de los factores susceptibles de ser manipulados en aras de alcanzar el mantra del equilibrio. El papel del economista queda por lo tanto reducido a descubrir el sentido de los fenómenos económicos y reproducirlo gracias a la formalización matemática. Esta visión es la mayoritaria entre los teóricos de la economía basado en el clasicismo ricardiano que se fundamenta en el racionalismo e individualismo metodológico. Dentro de él se pueden diferenciar dos grupos: los representantes de la economía del bienestar quienes identifican una serie de fallos en el mercado y pretenden solucionarlos para alcanzar el equilibrio competitivo, y los representantes de la economía neoclásica que señalan la debilidad del estado y defienden el libre mercado y su supuesto equilibrio general como objetivo a alcanzar.

Independientemente de si unos u otros pretenden alcanzar el equilibrio mediante la intervención estatal o el libre mercado, la tendencia dominante destaca en general por el dominio de la matemática aplicada, lo cual les permite tener objetividad y precisión científica mediante la observación empírica, y además les da la oportunidad de crear diferentes medidas de política económica que podrían llevarse a cabo. En última instancia dicha formalización matemática del equilibrio les otorga a esos economistas notoriedad científica y legitimidad entre sus colegas de profesión.

Aunque una minoría en términos del número de representantes en comparación con el mainstream, la Escuela Austriaca nos ofrece una perspectiva diferente de pensamiento en economía. Este enfoque, que llamaremos subjetivista, difiere del dominante en su ausencia de formalismo matemático y en su búsqueda de la verdad en el contexto de la acción humana vista como un proceso dinámico. Dentro de este paradigma el ideal de conocimiento ya no es la determinación del equilibrio, general o parcial, sino analizar la acción creativa del ser humano de carne y hueso y focalizarse en el proceso de coordinación empresarial.

Ciertamente, dentro del paradigma dominante, la realidad es cognitiva, todo aquello que puede ser pensado lo es mediante el apoyo del lenguaje matemático que se considera el verdadero lenguaje en economía, siendo la imagen obtenida completa y objetiva. La economía se focaliza en adquirir el conocimiento objetivo mediante la modelización, la formalización, la sistematización y la regularización. El comportamiento humano es percibido como un mecanismo transparente con reacciones predecibles a incentivos diseñados. Al mismo tiempo los economistas pueden deducir rigurosas estructuras y consecuentemente formular ideales de transformación de la realidad y reconstrucción conforme a sus modelos teóricos. La predicción es un objetivo de la ciencia económica mainstream. Aunque dependiendo de la escuela de pensamiento de que se trate habrá diferentes tipos de intervencionismo o libertad, desde esta perspectiva los economistas del paradigma del equilibrio son en mayor medida los economistas favorables a la ingeniería social y el determinismo económico.

Por el contrario, las teorías del paradigma austriaco se limitan simplemente a comprender y explicar mejor los procesos de mercado y las actuaciones de sus agentes. Es un objetivo más modesto pero realista. De esta forma el mercado no se observa ya como un estado de cosas dado sino un proceso, una actividad continua en la cual la espontaneidad, la creatividad y los errores son parte del juego. Por lo tanto, el conocimiento es incompleto debido al hecho de que la información está dispersa y la realidad inmediata se encuentra en cambio permanente. El ideal mainstream sigue centrado en el conocimiento pleno, pero la vida humana cambia incesantemente y los agentes no son máquinas. Por esa razón, las llamadas “pattern predictions” cualitativa y teóricamente deductivas son las únicas posibles.

El óptimo de Pareto y la economía del bienestar

Como acabamos de ver la teoría económica neoclásica y todos los economistas del mainstream allanan el camino de la ingeniería social. Ese paradigma persigue consolidar el mecanismo económico y corregir cualquier imperfección de acuerdo al principio reinante de “la mayor felicidad posible para todos”. Los legisladores son, desde este punto de vista, observadores imparciales capaces de decidir hasta qué punto la ganancia de utilidad de una persona es superior a la pérdida sufrida por otra, así como que ese legislador omnisciente pueda decidir si una estructura económico-política es mejor o peor que otra.

El utilitarismo, como tipo de comportamiento racional asume que la acción humana se centra exclusivamente en maximizar el beneficio, entendido éste como felicidad personal. Este enfoque podemos rescatarlo en Jeremy Bentham1 y en John Stuart Mill2, cuyas obras respectivas son el fundamento teórico original del utilitarismo.

El origen de la economía del bienestar descansa en estas dos3 versiones de la teoría de la utilidad (cardinal y ordinal) y especialmente dentro del descubrimiento del cálculo de la utilidad marginal. La acción humana se centra en la maximización del beneficio en términos marginales, es decir, el ser humano busca satisfacer sus necesidades en el orden de sus preferencias conforme a la regla de la maximización agregada de utilidad. Si ese estado no es óptimo, en términos estáticos por supuesto, el agente optaría por consumir una unidad adicional del bien deseado hasta que se llegue al punto de equilibrio entre las utilidades marginales y el precio de los bienes.

¿Cómo podríamos definir el óptimo social? ¿Es posible alcanzarlo? Pareto definió que las curvas de preferencia de dos individuos no eran comparables por lo que no se podían agregar pero sí que estableció que en una economía dada con dos individuos dotados con un stock inicial de bienes el proceso de intercambio se producirá de forma que se llegue al equilibrio necesariamente óptimo para ambos. Pareto describe el máximum en términos de “ophelimity” para un grupo social como aquella situación en la cual una persona mejora su situación sin perjudicar a otras. Cualquier desplazamiento de ese particular equilibrio da inicio a intercambio en aras de un nuevo reparto de bienes que llegue al equilibrio.

Elegante y extremadamente simple para una economía conformada por dos agentes, el óptimo de Pareto ha sufrido posteriores “mejoras” que han “probado” que el equilibrio competitivo walrasiano es posible lo cual nos llevaría a concluir que la idea de que el principio de mano invisible de Adam Smith en realidad es acertado. Si definimos el precio relativo como un ratio de acuerdo al cual los agentes están dispuestos a intercambiar un bien por otro entonces el estado de equilibrio general, en todos los mercados, está dado por la maximización social a pesar del entorno de recursos disponibles limitados. Por lo tanto, el equilibrio general y el óptimo de Pareto son equivalentes: igualdad en el peso de las utilidades para todos los agentes, igualdad entre gastos e ingresos, igualdad para todas las cantidades de bienes antes y después del intercambio.

La economía del bienestar tiene como punto de partida la idea según la cual si algo bueno puede pasarle a una persona sin que nada malo le ocurra a otra eso representa una mejora en términos de Pareto. En realidad, todos los intentos en nombre de la política económica por mejorar el bienestar social parten de este principio. Una cierta persona está en mejor situación, con mayor utilidad, mientras que otra disfruta del mismo grado de utilidad. En términos generales se diría que el bienestar se ha incrementado. Desde esta perspectiva podemos definir la eficiencia como la habilidad para crear situaciones de mejora para unos sin perjudicar a ningún otro. A eso se le llama eficiencia de Pareto, eficiencia estática en términos austriacos.

El óptimo de Pareto asume la existencia de una distribución inicial de recursos para dos individuos así como diferentes niveles de utilidad. La posibilidad de evaluar si la situación en la cual una persona rica incrementa su utilidad mientras que una persona pobre simplemente mantiene su nivel es conveniente o no desde un punto de vista ético a pesar de ser una mejora à la Pareto, siendo crucial para las políticas públicas. De este modo, el criterio de Pareto no tiene utilidad práctica en ausencia de juicios de valor en relación a la importancia del bienestar individual, por ejemplo los juicios éticos, quedando su papel de esta forma limitado a estudiar que distribución de bienes son eficientes desde un punto de vista social. Además, si una persona rica sufre una pequeña pérdida en su utilidad como consecuencia de un intento de reducir la pobreza esto no representará un óptimo de Pareto aunque el bienestar social se hubiera incrementado. Los juicios de valor son obligatorios para tomar este tipo de elecciones pues es necesario juzgar si la pérdida del rico es asumible por la ganancia del pobre.

Desde esta perspectiva el óptimo de Pareto no tiene utilidad práctica ya que únicamente nos permite saber cuál es el supuesto óptimo de equilibrio. Veámoslo con un ejemplo, la construcción de una carretera. Los que van a usar la nueva vía estarían dispuestos a pagar por ella una cantidad extra en aras de mantenerla y conservarla. Esta situación parece ser un óptimo de Pareto. Decimos “parece” en el sentido de enfatizar que siempre habrá gente afectada negativamente por la construcción de la carretera, por ejemplo los propietarios de las tiendas, gasolineras y otros negocios de la vieja carretera. Incluso a aquellos que realmente usaran la carretera podría no gustarle el hecho de que tuvieran que pagar un cantidad de dinero adicional excepto en el caso en que lleguen tarde a su destino el resto de alternativas estén congestionadas; sin embargo, los desempleados con tiempo pero sin dinero nunca pagarían por su uso. En definitiva, la discusión sobre las diferentes utilidades de la gente podría prolongarse eternamente. La idea fundamental aquí es que los economistas del equilibrio paretiano están constantemente buscando mejoras de Pareto y por eso tomarán como válida la idea de que para la mayor parte de la gente la carretera representanta una mejora sin empeorar a nadie. De esta forma, un conjunto de cambios pueden representar una mejora mientras que una simple medida tal vez no. Veamos por ejemplo el caso de que el peaje por utilizar la carretera no fuera muy elevado y se colocaran unas barreras a lo largo de toda la carretera que impidieran el establecimiento de nuevos negocios y se diera una pequeña compensación a los negocios de la vieja carretera, en ese caso todo el mundo tendría algo que ganar y el bienestar social se incrementaría. Tal es el razonamiento de la economía del equilibrio. Veamos ahora qué dice la Escuela austriaca al respecto.

La perspectiva austriaca

Una primera crítica lanzada por los austriacos contra el concepto neoclásico de eficiencia es que el principio de Pareto es individualista y no puede ser empleado como una regla social por dos grandes razones. Primero, dicho concepto se refiere al bienestar absoluto de una persona, en términos de máxima utilidad y no permite ninguna referencia al bienestar relativo, como se ilustraba en el ejemplo de la carretera. La utilidad, definida para un individuo dado en un contexto dado no permite la posibilidad de llevar a cabo una comparación de satisfacción del sujeto en diferentes periodos de tiempo, contextos, etc. Segundo, concierne exclusivamente a cada individuo realizar las apreciaciones personales de bienestar y satisfacción que le afectan y no a una autoridad externa, pues choca con una de las premisas4 clásicas austriacas contra la planificación y el intervencionismo. Ni las comparaciones interpersonales ni las medidas de utilidad son posibles, siendo éstas últimas de carácter subjetivo.

Así, de acuerdo a la tradición misesiana, el cálculo económico solo puede servir a las aspiraciones de individuos o grupos de individuos integrados en un marco institucional de la economía de mercado. Se trata por lo tanto de un cálculo de beneficios privados dinámicos y no de bienestar social estático. Es por ello que esta concepción austriaca no es en ningún modo útil para un dictador benevolente que quiera dirigir la sociedad. El cálculo económico es inútil para aquel que intente evaluar las acciones desde el punto de vista “social” y del interés general. Visto desde esta perspectiva la eficiencia estática no es otra cosa que un mito, cuando no un error intelectual, pues resulta imposible de alcanzar o incluso de conceptualizar ya que socialmente no sería otra cosa que la agregación de puros datos de información subjetiva, lo cual es imposible.

Otra crítica contra la teoría neoclásica de eficiencia estática que se nos ocurre resaltar es que el mismo concepto se refiere al hecho de que diferentes criterios de decisión dentro de la economía del bienestar implican la introducción del elemento subjetivo en la discusión, lo cual, desde la perspectiva positivista, son juicios de valor no científicos. La dificultad de escoger un programa de investigación, en terminología lakatosiana, reside en el hecho de que la concepción de lo adecuado socialmente es vaga y cada individuo tiene una opinión diferente respecto de lo que es adecuado o no.

La misma idea de que se puede perder un cierto grado de eficiencia a cambio de mayor igualdad (siempre en términos de equilibrio) es la que prevalece es prácticamente todas las políticas públicas. La mayor parte de las disputas entre unos programas y otros se encuentra en analizar las consecuencias del intercambio (trade-off) sobre la naturaleza distributiva antes que observar las consecuencias en la eficiencia dinámica. Por ejemplo, un individuo que tenga un ingreso salarial pensará que es injusto intercambiar eficiencia por equidad. Tal es el caso de los impuestos cuyo objetivo es cubrir la prestación por desempleo. Cuanto más alto sean los impuestos menores serán la motivación y la eficiencia del trabajador. Además, es bien conocido que cuanto mayor sea el subsidio por desempleo la posibilidad de que el parado pueda encontrar un empleo disminuye claramente. Por estas razones el puro razonamiento de cálculo estático conforme al principio de eficiencia, que tendría sentido únicamente si se le comparara con un objetivo claro y preestablecido, se convierte en un sinsentido debido al hecho de que la eficiencia respecto de un agente o grupo de ellos no puede ser comparada con la de otros, pudiendo reaccionar de forma diferente a una medida. Desde esta posición, la eficiencia neoclásica no debería ser empleada nunca como criterio utilitarista de toma de políticas públicas.

La crítica de Huerta de Soto es si cabe más poderosa y va más allá de todas las pegas que hayamos podido poner hasta ahora contra la eficiencia neoclásica. Recalca Huerta de Soto el hecho de que la eficiencia estática es la predominante en los enfoques tradicionales y mayoritarios. Se asume normalmente que los fines y medios son objetivos, están dados y son inmutables. Este enfoque estático pierde de vista el hecho de que los agentes económicos o el propio sistema económico son el origen del dinamismo de acciones independientes pero coordinadas dentro del sistema mediante su capacidad de estar alerta para buscar, descubrir y aprovechar/eliminar inconsistencias en el mercado empleando la creatividad y la coordinación empresarial. La acción humana per se, materializada en la función empresarial puede ser definida como la capacidad de descubrir nuevas oportunidades de beneficio y explotarlas adecuadamente hasta que dicha oportunidad de negocio desaparezca ya sea por su acción o también por la del resto de empresarios rezagados. Desde esta perspectiva, el concepto de eficiencia orientado hacia la minimización de los gastos y la maximización de los ingresos tampoco tiene sentido puesto que las circunstancias de mercado están en continua transformación mediante la creatividad, el intercambio de información la coordinación empresarial que constantemente rectifica los errores de partida.

Es de esta forma como la Escuela austriaca sustituye el concepto estático de eficiencia por otro dinámico. El dinamismo se caracteriza por la capacidad de impulsar y mejorar los procesos humanos de mercado, la habilidad de aprovechar nuevos oportunidades de ganancia o incluso rectificar decisiones previas del mercado que no fueron ajustadas. Como Kirzner nos ha enseñado, el concepto de eficiencia dinámica se encuentra desde su propia concepción libre de cualquier juicio de valor, de forma que cuando se persigue el incremento la eficiencia lo único necesario es dejar libre la función empresarial. Además, el análisis de eficiencia desde un punto de vista dinámico nos permite llevar a cabo una valoración comparativa de las diferentes alternativas y clarificar el proceso de toma de decisiones de acuerdo a la lógica personal de búsqueda de máximo beneficio al mínimo coste. La función empresarial se fundamenta sobre el constante descubrimiento de nuevos medios y fines. Los emprendedores estarán siempre dispuestos a seguir ese ideal que les permite obtener mayores beneficios así como recoger los frutos de su propia creatividad empresarial.

Desde el punto de vista ético el concepto de eficiencia dinámica se adapta perfectamente a la tradición liberal basada en la propiedad privada. Está claro que si el derecho humano a disfrutar del fruto de su trabajo no fuera respetado entonces la motivación para buscar nuevas oportunidades desaparecería y la eficiencia dinámica se ralentizaría o incluso, en casos de intervención pública extrema, se pararía. De esta forma nos damos cuenta de que el famoso dilema de los economistas del bienestar respecto del “trade-off” entre eficiencia y justicia es falso de raíz desde que el gobierno adopta la posición de juez, lo cual le conduce inevitablemente al debilitamiento de la motivación para continuar mejorando y redescubriendo fines y medios, lo que en terminología neoclásica seria empujar hacia la derecha la curva de posibilidades de producción. Al mismo tiempo, la intervención coercitiva del gobierno para luchar contra la pobreza, por poner un ejemplo, elimina la solidaridad natural entre seres humanos, altruismo o cooperación voluntaria en aras de ayudar a los más necesitados. Porque, no olvidemos, la función empresarial no hay que entenderla como búsqueda únicamente de beneficio monetario pues los fines de una persona pueden ser de tipo altruista pero incluso para ello se necesita de una perspicacia empresarial, por ejemplo, para captar nuevas fuentes de financiación de una ONG. Por esta razón la ética no puede ser considerada ineficiente y la eficiencia tampoco puede ser considerada injusta. Esto nos parece representar una perspectiva profundamente humanista ya que tiene en cuenta tanto la ética como la eficiencia como dos caras de la misma moneda, obteniendo por tanto una unificación del enfoque de los problemas sociales.

Consideraciones metodológicas

Como ya hemos visto al inicio, los economistas del mainstream tienen como meta alcanzar el conocimiento objetivo mediante la modelización, formalización, organización y regulación del comportamiento humano. Al mismo tiempo esos economistas enuncian reglas de comportamiento y de esta forma pueden deducir estructuras sociales y formular reglas sobre las cuales basar sus ideales de transformación social, todo ello conforme a precisos (por cuanto matemáticos) modelos teóricos del equilibrio. Lo que es realmente asombroso dentro de esta paradigma de investigación es la tendencia a estandarizar el comportamiento, habilidades, motivaciones, etc., por ejemplo con el objetivo de tratar a los seres humanos con una lejanía propia de las ciencias naturales, lo cual lleva a considerar a las personas meras piezas dentro de su engranaje matemático. En la medida en que tratamos de la verdadera objetividad científica, que implica ser fiel y respetuoso con la realidad, el respeto por la naturaleza humana impondría ciertas limitaciones en términos de esas reglas de comportamiento.

Por todas las razones expuestas, por oposición a los positivistas, y desde una posición liberal, los economistas de la Escuela Austriaca concluyen la imposibilidad de que la conciencia humana y el intelecto puedan ser reducidos a un estado de cosas dado o proyectos predeterminados. La realidad de la acción humana se entiende por introspección así como por medio del contacto con otros seres humanos en su quehacer diario.

Después de la revolución de la teoría de la relatividad, tanto la física como la filosofía comenzaron tímidamente a aceptar la idea de tiempo creador, el irreversible carácter de la evolución, la tendencia hacia el equilibrio, el rítmico compás de las estructuras y la indeterminación de la evolución. De esta forma, la oposición entre lo que los científicos decían y lo que todo el mundo conocía, o la oposición entre la ciencia y el resto del mundo cultural, se convirtió en indistinguible. Sin embargo, en economía los investigadores permanecieron fieles a la tradición racionalista y al determinismo durante gran parte del siglo XX, con la sola excepción de los economistas de la Escuela Austriaca gracias a la praxeología de Mises y la cataláctica de Hayek. Estos economistas rechazaban el ideal positivista consistente en tomar en consideración el modelo establecido en las ciencias de la naturaleza como el ideal supremo y único de comprensión del mundo, y consideraban que el entendimiento tiene una mayor capacidad de ocuparse de los fenómenos humanos que el determinismo. El paradigma austriaco dinámico está íntimamente relacionado con intencionalidad y voluntad, con una dimensión semántica de las relaciones humanas pero también con un grado de empatía entre el investigador y el sujeto humano en tanto en cuanto es el primero que permite la comprensión de los sentimientos, pensamientos, las motivaciones profundas así como la verdadera naturaleza de las acciones llevadas a cabo por los individuos. Pensamos que este enfoque del hombre no representa una amenaza para el carácter científico de la investigación en economía sino, por el contrario, constituye una premisa para el necesario incremento de la credibilidad ya que puede confirmar que las predicciones de los economistas sobre el comportamiento de los agentes económicos y, a la vez, contribuye al bienestar general.

Desde el punto de vista de la eficiencia estática que hemos analizado, esta disputa metodológica se puede resumir en las siguientes preguntas: ¿Cómo escogemos la verdadera eficiencia? y ¿quién tiene el derecho a tomar ciertas decisiones? Como hemos visto anteriormente la disparidad interpersonal respecto de lo que es eficiente o ineficiente está ligado a desacuerdos en términos de importancia relativa, de diferentes valores relativos que cada individuo atribuye a cada alternativa, así como a las diferencias relacionadas con las consecuencias redistributivas de dicha decisión. Los economistas austriacos han defendido siempre que dentro de un sistema económico liberal, basado en el derecho de propiedad, la gente se dedicaría a esas actividades particulares que aparentemente garantizan un mayor beneficio empresarial y de este modo la acción humana será eficiente porque solo lo que es más valioso es eficiente. En realidad, el argumento austriaco no tiene como objetivo único la crítica contra la racionalidad y la eficiencia, sino contra el constructivismo social derivado del mal uso de dichos conceptos. Solo la ética liberal puede garantizar la verdadera eficiencia.

¿Tan mal estamos?

A la moderna ciencia económica le falta mucho, muchísimo, para poder entender la realidad económica. Desde entonces a esta fecha hemos sufrido una crisis global que en su mayor parte se fundamenta en una teoría macroeconómica errada de todo punto pero poco o nada parece haber cambiado a la moderna macroeconomía neoclásica y keynesiana, o mejor dicho, sí, los llamados modelos DGSE han ganado protagonismo en aras de dar un mayor protagonismo al dinamismo en economía.

Si tuviéramos que definir el estado de salud actual de la ciencia económica diríamos que no es bueno. Esto es evidente si se mira con retrospectiva a qué ha hecho la profesión económica antes, durante y después de la crisis. Pocos las vieron venir; una vez comenzó, su profundidad los cogió por sorpresa, y ahora no existe acuerdo sobre cómo volver a la senda sana de crecimiento.

Para entender este punto veremos algunas de las opiniones de los economistas mainstream líderes y después haremos algunas anotaciones.

Justo antes del inicio de la crisis, la producción científica de la macroeconomía neoclásica y keynesiana era muy positiva, se entendía que se habían llevado a cabo grandes avances en las últimas décadas. Veamos algunos ejemplos:

– El actual economista jefe del Fondo Monetario Internacional, el francés Olivier Blanchard, dijo en 2008 que se habían hecho enormes progresos en macroeconomía y que los economistas estaban de acuerdo, en general, sobre el rumbo satisfactorio de la macro. Blanchard se congratulaba de ello y daba el mérito a los potentes súper ordenadores de nuestra época que permitían incrementar la complejidad de los modelos5. El economista francés se refería sobre todo a los avances en el área de los modelos de equilibrio general dinámico estocástico.

– El premio Nobel Robert Lucas declaró en 2003 que la macroeconomía había logrado eliminar los problemas de las depresiones económicas.

– El hasta ahora Presidente de la Fed Ben Bernanke dijo allá por 2004 que la reducción de la volatilidad en las economías occidentales se debía en parte a la mejora de las políticas económicas.

Pero todas las buenas sensaciones desaparecieron cuando llegó la crisis. Alan Greenspan, predecesor de Bernanke, y reconocido por sus pares como el “maestro” por su gran astucia, declaró ante el Congreso americano en 2008 que se encontraba sorprendido por el desarrollo de los acontecimientos. Se lamentaba Greenspan de haber confiado demasiado en el poder correctivo del mercado y confesó que no supo prever la crisis6. Y no cabe duda de que tampoco han sabido actuar correctamente para corregirla.

Muchos economistas, no todos necesariamente austriacos, culpan a los actuales problemas de la macro a los modelos matemáticos empleados para tomar las decisiones de política económica. La pregunta es por qué los economistas del mainstream continúan apegados a esos modelos incompletos e ignoran hechos elementales sobre el funcionamiento económico.

Una explicación sería, de acuerdo con el economista experto en estudiar economistas David Colander, es que los economistas mainstream, tanto keynesianos como monetaristas se preocupan más de la aparente lógica interna de sus modelos que de su correspondencia con el mundo real. Unos y otros plantean la posibilidad de que los problemas pueden ser solucionados con ligeros retoques en sus modelos, sin atacar el núcleo de la problemática. Así, la economía keynesiana defiende que las crisis se pueden manejar en tanto en cuanto el gobierno pueda tomar las riendas del gasto público y la inversión cuando las cosas se pongan feas. Por su parte, Milton Friedman defendía que un simple incremento en la oferta monetaria llevaría a la estabilidad del sistema. Desgraciadamente estas formas de entender la economía se convirtieron en dominantes tras la Gran Depresión y así hasta hoy. Los austriacos, entre otros outsiders, no tienen otra opción que sobrevivir en el margen.

Peter Boettke ya advertía en 1997 de esta misma circunstancia, es decir, los modelos mainstream se estaban alejando peligrosamente de la realidad. Como decía Hayek, los mercados reales no pueden ser perfectos en el sentido estático que se suele decir, ya que es el resultado de la espontánea interacción de millones de seres humanos, cada uno con su parcial y personal conocimiento. Pero la teoría neoclásica erróneamente asume que los mercados siempre alcanzan el equilibrio porque existe información perfecta para todos los participantes en el mercado. A pesar de ello, Boettke reclamaba que la profesión económica había convertido la economía en un mero juego matemático cuyo único objetivo científico es la generación de elegantes modelos que dialoguen entre sí mientras que la importante tarea de comprobar si esos modelos tienen algún tipo de conexión con la realidad ha quedado completamente en segundo plano.

El mismísimo Nobel keynesiano Robert Solow criticó ante el Congreso americano los modelos macroeconómicos desarrollados hoy en día. Estos modelos son los conocidos DSGE (Dynamic Stochastic General Equilibrium models) que son precisamente los que Blanchard alababa años antes. Solow señala que los modelos DSGE no tienen nada útil que añadir a las políticas económicas que se necesitaban pues dichos modelos asumían supuestos completamente alejados de la realidad. En el mundo de fantasía de los modelos falsamente dinámicos de equilibrio general en el cual los agentes económicos son equivocadamente racionales, donde apenas hay shocks o en cualquier caso no hay desajustes importantes del equilibrio estático. Tan alejado de la posición de Schumpeter, por ejemplo.

El keynesiano Krugman se atreve a culpar, como si sus modelos fueran en algún punto diferentes o mejores, a la economía neoclásica que ha tomado el control del pensamiento económico imponiendo un equilibrio perfecto y una racionalidad fuera de toda lógica humana. Krugman se centra en criticar el pensamiento elaborado por el también Nobel Eugene Fama, el cual asume la hipótesis de mercados (estáticamente) eficientes que asignan precios de equilibrio siempre justos dado que toda la información está disponible para todos los agentes. Con una visión tan sumamente estrecha del proceso económico nos parece absolutamente normal que los neoclásicos no supieran ver la crisis, ni tampoco tratarla. En este apartado los austriacos tendríamos un punto en común con el keynesianismo. Pero la solución que plantea Krugman difiere de nuevo de nuestra posición. Ha insistido Krugman en resucitar el fantasma de Keynes cuando se refiere a la irracionalidad de los agentes económicos en épocas de crisis siendo la intervención gubernamental la única solución.

Otro economista, no austriaco pero cercano, como es Buchanan, se preguntaba en qué momento la profesión perdió el rumbo. Según él la economía no es una ciencia física sino más bien una ciencia filosófica que no puede ser estudiada aisladamente de la política. Buchanan difiere en considerar la ciencia una mera gestión de recursos escasos dados entre diversos fines también dados. Para Buchanan, en cambio, la ciencia económica estudia la interacción e intercambio de los agentes teniendo en cuenta el marco institucional en el que se mueven. Su solución pasaría por una reforma constitucional que estructure y limite el poder público de una vez por todas. Un vez hecho eso los economistas podrían realizar modelos más realistas. Vemos por tanto que la visión constitucionalista, aunque critica con el mainstream neoclásico-keynesiano en cuanto a su estrechez y alejamiento de la realidad, no acaba tampoco de ser lo suficientemente acertada en términos dinámicos puesto que lo fía todo a la adecuación del marco de juego. Siendo las normas de juego realmente importantes para el desarrollo de una economía, no suponen atacar el núcleo del problema de la actual macroeconomía. Estamos ante todo un problema de concepto pretérito, el dinamismo austriaco no existe en ningún modelo, ni siquiera Buchanan con su marco institucional dado, lo relevante es que ese marco pueda cambiar, y de hecho lo hace, gracias a la interacción de los agentes económicos.

Para los austriacos está bastante claro el origen del problema. Hace décadas que Mises puso de manifiesto la debilidad de las proposiciones matemáticas en su opus magnum La Acción Humana pues nuestro actual es imprevisible por dinámico e imposible de transformar a lenguaje matemático por ser un conocimiento tácito.

Conclusiones

La ciencia económica desde aproximadamente 130 años se ha venido construyendo en torno a la completamente equivocada matematización de una ciencia que nunca debió dejar de ser natural para convertirse en natural, al menos dentro de las aulas de la inmensa mayoría de las facultades del mundo. Una de las consecuencias de la introducción del modelo mecanicista de hacer ciencia es que se pervirtió la tradición dinámica iniciada en Jenofonte, como bien apunta Huerta de Soto. Efectivamente en nuestra ciencia la eficiencia es sinónimo de eficiencia estática. El científico social se limita a estudiar unos datos dados, cognoscibles e inmutables a partir de los cuales jugará para encontrar lo que él cree que es el equilibrio del mercado al cual la sociedad debe dirigirse en todo momento, y en consecuencia condenando como fallo de mercado toda desviación de ese falso equilibrio.

Hemos estudiado las inconsistencias del concepto dinámico y luego hemos presentado la alternativa austriaca eminentemente dinámica y mucho más respetuosa con nuestra ciencia y con los sujetos de estudio, esto es, seres humanos. Huerta de Soto recoge la amplia tradición austriaca en su paper y reformula el concepto de eficiencia dinámica poniendo el énfasis en la ausencia de equilibrio natural, más bien desequilibrio es lo que existe. También arguye que el concepto dinámico es el único capaz de entender al ser humano creador que impulsado por la búsqueda de beneficio (económico o altruista o cualquier otro imaginable) busca, descubre y crea, tanto nuevos fines y medios como, sobre todo, oportunidades de negocio. Esa es la gran fuerza de la sociedad formada por individuos libres y que se ha dejado de lado por completo en la ciencia mainstream para estudiar modelos matemáticos ultra complejos pero que no captan nada de la esencia humana de la economía.

También vimos que solo los principios éticos pueden ser un criterio de valoración de nuestras decisiones. La eficiencia estática no es independiente, como sus defensores arguyen, de los valores y por lo tanto no puede servir de base para la toma de decisiones públicas o incluso funcionar como sustituto de la ética. Por el contrario, la ética constituye la guía y último criterio de decisión para los juicios de eficiencia, dinámica, por supuesto.

Finalmente estudiamos que la actual rama macroeconómica, principal utilizadora de los modelos matemáticos de alta tecnificación, ha evolucionado, consciente de sus limitaciones, hacia un modelo que falsamente llama dinámico. Dichos modelos DSGE suponen, en cierto modo, el reconocimiento por parte de los economistas del equilibrio de la evidente falta de realismo de sus modelos, sobre todo en lo que respecta a la faceta dinámica de los complejos procesos de mercado. Pero como era de esperar, esto no ha sido más que una huida hacia delante mediante la cual la supuesta falta de dinamicidad y realismo de los modelos se ha solucionado con más matemáticas. No se dan cuenta de que el problema no estriba en implementar los más modernos teoremas matemáticos y procesarlos con los más potentes ordenadores. Muy al contrario debían haber reconocido su error y haber desandado el camino para después coger la senda dinámica, que en este sentido la Escuela Austriaca ha emprendido casi en solitario.

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1An introduction to the Principles of Morals and Legislation, 1789. Aquí Bentham hablaba de la felicidad como un bien supremo y percibía la libertad individual como un requisito previo de la economía de mercado.

2Utilitarism, 1861. La conocida formulación de Stuart Mill del utilitarismo defiende que cada uno debe actuar siempre, y en la medida de lo posible, con el objetivo de generar la mayor felicidad para el mayor número de personas.

3La mayor contribución de Mill al utilitarismo es su razonamiento en favor de la separación cualitativa de los placeres. Bentham trata a todas las formas de felicidad como iguales, mientras que Mill sostiene que los placeres intelectuales y morales son superiores a las formas más físicas de placer. Mill distingue entre felicidad y satisfacción, afirmando que la primera tiene mayor valor que la segunda, una creencia ingeniosamente encapsulada en la afirmación de que “…es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho. Y si el necio o el cerdo tienen una opinión diferente es porque solo conocen su propio lado de la cuestión.”

4Desde Mises y más recientemente con Huerta de Soto tenemos claro que el conocimiento es de tipo tácito y disperso y por lo tanto ningún agente externo, como una autoridad pública, no pueden hacerse con esa información para emplearla como crean conveniente para mejorar el bienestar social o del propio individuo.

5 Lo que vemos aquí no es otra cosa que la representación extrema de la falta de comprensión de la economía por parte de los economistas matemáticos. Huerta en la primera parte de su libro Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial explica ya por qué la existencia de súper ordenadores, en lugar de facilitar la labor de la economía matemática la complicarían más si cabe puesto que la informática, afortunadamente, está al servicio de la población, no solo de los economistas planificadores, y por ello aunque los Blanchard de turno tengan mejores herramientas para resolver sus gigantescas ecuaciones, dichas ecuaciones se están haciendo cada día más y más grandes pues el conocimiento que los seres humanos estamos creando y transmitiendo gracias a las computadoras crece y se hace más complejo a ritmo exponencial.

6 No deja de ser curioso que el por entonces máximo responsable de la política monetaria, y por extensión económica, estadounidense culpe al mercado de no autocorregirse a tiempo. Una analogía sería ese coche lanzado a toda velocidad hacia el acantilado pero espoleado por la intervención (Fed) y cuyo conductor (mercado) es encontrado culpable por no haber tomado la curva adecuadamente. Hipocresía a cargo de Greenspan, no es otra cosa.

 

 

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