Trabajo sobre el cuarto capítulo del libro THE MYTH OF NATIONAL DEFENSE, de Hans-Hermann Hoppe, correspondiente a la asignatura  LA DEFENSA Y LA SEGURIDAD PRIVADA COMO ALTERNATIVA EFICIENTE AL SECTOR PÚBLICO, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

 

INTRODUCCIÓN

En este trabajo vamos a estudiar el libro “The Myth of National Defense” editado por el economista y filosofo austrolibertario Hans-Hermann Hoppe. Dado que se nos ofrecía la posibilidad de elegir entre uno de las cuatro secciones que lo fundamentan, personalmente me sentí atraído por la última, la dedicada a las aplicaciones prácticas de la teoría sobre defensa privada. Y es que generalmente, a los libertarios se nos acusa de ser tremendamente teóricos en los argumentos, perdiendo a veces el contacto con la realidad o al menos no formulando propuestas concretas que puedan ser llevadas a cabo con relativa facilidad y que supongan las prueba definitiva de la viabilidad de las propuestas. A pesar de lo dicho también recalcaré la calidad de la obra en su generalidad pues he leído otros de los artículos presentes en otras secciones y destaco sobremanera los de Kuehnelt-Leddihn y Stromberg1. Sumamente sugestivos ambos.

Los nombres de los autores de este capítulo, Walter Block, Has Hoppe y Guido Hulsmann también me animaron a decidirme por este capítulo. En particular tenía mucho interés en conocer el trabajo de Hoppe pues a mi entender, y desde mi modesto conocimiento, ese paper siempre ha sido conocido y reconocido por representar la más clara exposición de lo que una sociedad anarcocapitalista desde el punto de vista de la defensa y la seguridad sería. No en vano sus ideas de agencias de seguros ofreciendo servicios de seguridad puede ser nombrado como la idea mainstream dentro del pensamiento libertario. Además, ideas como la de poder excluir a los malhechores de la civilización mediante deportaciones a territorios no propiedad de nadie, a saber, los polos o el desierto, han sido celebradas por el propio profesor Huerta de Soto en su seminario.

El primer artículo de Walter Block es quizá el más puramente económico por cuanto se concentra en atacar conceptos arraigados de la ciencia económica mainstream tales como las externalidades y los bienes públicos. Quizá ni un argumento ni el otro sean adecuados en términos generales y menos para ser aplicados al sector de la defensa.

Por su parte Hoppe desarrolla en sus poco más de tres decenas de páginas lo que viene siendo la idea retenida en el imaginario colectivo libertario sobre cómo habría de desarrollarse una sociedad anarcocapitalista, mediante el surgimiento de agencias de seguridad privadas en competencia.

Y finalmente el economista alemán afincado en Francia Guido Hulsmann expone el papero menos económico de los tres y a mi entender más político, y tal vez, menos valioso de todos, no por su fondo, que es loable, sino por su temática, que yo entiendo un tanto demasiado imaginativa y constructivista2.

WALTER BLOCK DERRIBANDO MITOS MAINSTREAM SOBRE LOS FALLOS DE MERCADO

El trabajo de Block se estructura en tres partes muy claramente diferenciadas. Las dos primeras dedicadas a analizar las external­idades y los bienes públicos, así como la posibilidad de incluir la producción de seguridad y defensa entre ellas. La tercera parte se ocupa de desmontar la crítica de Randall Holcombe sobre que el estado es en realidad un club. Llegado el momento diré por qué esta tercera parte me pareció la más floja e innecesaria.

Tradicionalmente se ha clasificado la producción de defensa nacional como un típico ejemplo de externalidad y por lo tanto, desde el mainstream económico, la solución pasaba por la gestión directa por el estado. Aquí Block plantea como primer problema el de autoreferencia3. Dicho argumento, pudiendo ser válido pero me parece bastante vacío para argumentar profundamente desde el punto de vista de la teoría económica. Pero reconozco su validez lógica4.

Un problema del argumento de las externalidades es que se aplica a todo el mundo. En la región norteamericana, México o Canadá podrían tener incentivos a no protegerse porque tienen el paraguas de los EE.UU. Cubriéndoles pero no ocurre así sino que efectivamente también cuentan con sus propios sistemas de defensa superpuestos a los de su vecino. Este argumento del free-rider se suele aplicar a la subinversion por parte de empresas privadas pero esa misma teoría se podría aplicar al surgimiento de estados porque, en palabras de Block, “If I start a government, then according to this argument, it will benefit you; if you begin one, I will free-ride on it. Therefore neithe of us, that is, no one, will undertake this task. In other words, we ca use an argument, ostensibly proving the state necessary, to prove that, according to it, this institution could not arise5 Por lo tanto, o bien el argumento de las externalidades falla o falla en caso de estados, pero los propios defensores del argumento que es universalmente válido por lo tanto observamos que el argumento no es bueno.

Un fantástico argumento de Block consiste en mostrar la contradicción de los defensores de las externalidades cuando defienden la existencias de externalidades pero a su vez abogan contra el uso privado de armas. O sea, o bien el mercado no provee seguridad suficiente o por otro provee “demasiado” al estar gran cantidad de la población armada. O una u otra pero no las dos a la vez como argumento. En nuestra opinión es claro que el sector de defensa y seguridad no produce free-riders, muy al contrario se trata de un sector ampliamente desarrollado. Además, a modo de apunte, diremos que el coste de armarse es cada vez menor. Las nuevas impresoras 3D permiten que cualquiera, a muy bajo precio, pueda crearse su propia arma de fuego. Es más, esta incontrolada proliferación está preocupando a los mismos que defienden el argumento (fallido) de la subinversión privada.

Block pone el dedo en la llaga cuando defiende que, en caso de que alguien no quiera armarse para su defensa, no implica que sea un fallo de mercado sino que simplemente él decide que no quiere defenderse, no porque crea que el vecino va a hacerlo por él. Por tanto, que un legislador omnisciente venga a decirle que el óptimo social consiste en defenderlo a él también (cobrando impuestos) no parece muy respetuoso de la libre decisión de ese individuo.

La existencia de las externalidades roza límites absurdos pues, por ejemplo, una mujer bonita podría pedir el pago de una tasa a todos los hombres que disfrutaran viéndola pasar.

A continuación el autor se centra en el argumento de los bienes públicos, aquellos que se definen por ser no rival (si yo lo consumo no impido que tú también lo hagas) y no ser susceptibles de exclusión (no puedo evitar que otros lo consuman libremente). Tras leer este apartado queda claro que la cerrada clasificación que ensaya el mainstream de los bienes en rival/no-rival y excluible/no-excluible es como poco confusa. No existe casi nunca esa pretendida clara clasificación. Con agudeza demuestra Block que prácticamente todos los bienes podrían en algún momento ser reducidos a ser un bien público, al menos desde el punto de vista teórico, lo cual no cuenta con el respaldo de la vida real.

Desmonta muy hábilmente el autor el clásico ejemplo del faro como bien público. Para Block no habría mayor problema para el farero pues la próxima vez que el mismo barco quisiera beneficiarse del servicio sin pagar apagaría la luz si no hay otro barco cerca. Si a pesar de ello el barco free-rider se colocara a la estela de otros barcos pagadores eso incrementaría el riesgo de colisión lo cual aumentaría las primas de seguro a pagar por el barco free-rider. Tampoco tendría clientes porque éstos verían como un peligro transportar su mercancía en ese barco. Y además, el hecho mismo de adaptar sus rutas a la de otros barcos sería costoso en términos de organización interna. Todos esos costes serían probablemente más elevados que el pago del servicio de faro por lo que finalmente el barco pagaría el precio.

En cualquier caso, las soluciones de mercado a los supuestos problemas de bienes públicos son variadas, tanto como libre sea el mercado para imaginar y descubrir nuevas soluciones como señala Kirzner o Huerta de Soto. Por ejemplo, si nos planteamos que la luz en la calle es un bien público podríamos argumentar que se podría simplemente privatizar la calle de forma que solo los usuarios de la misma (y sus invitados) pudieran usarla. El pago podría correr a cargo de los usuarios parcialmente junto con los comercios. No parece un gran problema imaginarlo. De hecho, lo más probable es que en un mundo privado fueran los comerciantes los primeros interesados en proveer luz para que los clientes paguen por su calle. Y cuando decimos luz nos referimos también a seguridad. Serían una asociación de comerciantes y residentes los que se ocuparían de mantener financiada la seguridad. En un centro comercial, por ejemplo, el promotor inmobiliario ya diseña el alquiler de los locales con un coste añadido para pagar la seguridad del edificio de forma que el propio mercado s estaría autorregulando una vez más. No hay más que ver la diferencia entre un parque privado y uno público para ver donde un usuario se siente más seguro.

Pone el acento el autor en la actuación de la policía de la misma forma en que también lo hace Hoppe. Ambos autores claman la falta de incentivos de la policía estatal de servir realmente al ciudadano pues su sueldo no depende de la gente directamente. En eso el departamento de policía responde a los mismos incentivos que cualquier otro departamento público como bien anunció la Escuela de la Elección Pública. En efecto, la policía pública siempre tiene incentivos a aumentar su presupuesto en lugar de disminuirlo como consecuencia de un buen servicio que elimine a criminales de las calles.

Acaba este argumento Block enunciando que la seguridad sí es un bien rival puesto que no es lo mismo la producción de seguridad necesaria para una persona que para 1000. Si se piensa en términos exclusivos de ataque a gran escala tipo nuclear entonces sí podría tener sentido pensar en gigantescos escudos nucleares pero la realidad nos ha demostrado que ni siquiera en el momento de mayor tensión durante la Guerra Fría, la crisis de los misiles de Cuba, se llego a ese extremo por sus desproporcionadas consecuencias. Y no parece que en el siglo XXI nadie vaya a lanzar ataques indiscriminados a escala nacional. Por lo tanto, todo ataque será a nivel más pequeño, seleccionando objetivos. Ya lo hacen los propios EE.UU, que viraron su política militar de ataque a países enteros por una de ataque selectivo vía drones. Y los propios terroristas no atacan países enteros sino objetivos concretos, los cuales sí son más fácilmente controlables en términos de exclusión del no pagador del servicio.

El último apartado lo dedica Block a desactivar la teoría desarrollada por James Buchanan para el gran público y especialmente Randall Holcombe entre los libertarios minarquistas. Personalmente no veo la razón por la que dedicar 10 páginas a desmontar la teoría de los clubes porque no se sostiene por ningún lado. Yo no me voy a detener en exceso. Solo diré que en ningún caso se puede considerar al estado como un club porque nunca he solicitado formar parte de él y tampoco puedo darme de baja cuando quiera. No existe comparación posible con un club privado. Es por ello que no entiendo por qué Walter Block dedica tanto espacio a atacar cada uno de los pequeños subargumentos de Holcombe.

HULSMANN Y LA SECESIÓN

Guido Hulsmann realiza un estudio posibilista pero nada realista sobre como la secesión de territorios sería una buena estrategia liberal para implantar zonas más libres que aquel estado del que se secesionan.

Para comenzar el autor diferencia entre relaciones hegemónicas y contractuales. Las relaciones hegemónicas son aquellas que típicamente mantiene el estado respecto de sus ciudadanos, no voluntarias y desiguales en virtud de las cuales el estado decide unilateralmente y el ciudadano no puede negarse. Por contra, relación contractual sería aquella entre iguales que acuerdan un intercambio voluntariamente. Pues bien, una secesión sería una ruptura de un vínculo hegemónico. Por lo tanto debemos entender el término secesión en un sentido amplio de insumisión, rebelión contra el estado, no como un acto independentista de corte exclusivamente nacionalista que busque la instauración de un nuevo estado. Decimos esto pero una de las grandes pegas que le haremos a Hulsmann es que precisamente el secesionismo que se practica en el mundo en sentido estrecho, no en el sentido amplio que emplea el autor.

Hulsmann plantea a partir de aquí un ejercicio de estrategia libertaria sobre cómo el cree que podrían crearse islas/manchas liberales que exitosamente se secesionen de un estado e implanten un régimen de libertad. Este planteamiento, a mi entender, tiene más relevancia para la táctica política que para saber si una sociedad libertaria funcionaría.

En este sentido me parece mucho más valiosa la teoría del desprendimiento6, de Toni Mascaró. Plantea Mascaró en su artículo que la gente se vaya cada vez haciendo más independiente del estado en diferentes áreas mediante la suscripción de un seguro de salud privado, educando a los hijos en casa o en escuelas privadas, por supuesto no trabajando para el estado, arreglando un seguro de pensiones privado, utilizando monedas alternativas, evadiendo impuestos, etc., de forma que vayamos alejándonos del estado en todas las facetas posibles. Ese desprendimiento, como táctica liberal, es mucho más interesante que la secesión por la que aboga Hulsmann.

Las ideas de Hulsmann tienen un ligero aire a la teoría del nacionalismo liberal7, de Huerta de Soto, en virtud de la cual el independentismo de corte nacionalista podría tener consecuencias liberales por cuanto un mayor número de unidades políticas y de menor tamaño tenderían a ser más respetuosas con la libertad individual. El propio Hulsmann alude a esta idea cuando menciona la situación altamente compleja de la Europa medieval en la cual existían una miríada de territorios independientes y poderes superpuestos, todos ellos controlándose mutuamente.

La idea de Hulsmann sobre la secesión propiamente dicha es la de un grupo de individuos, supuestamente liberales, que deciden levantarse en armas contra el estado. Dicho grupo de individuos se organizan en forma de milicia no profesional y con el apoyo mayoritario de la población del territorio emprenden una lucha armada contra el ejército del estado del que se secesionan. Contra ese ejército regular emplearán la táctica de la guerra de guerrillas. Finalmente, debido a una serie de razones que Hulsmann intenta describir sin ningún apoyo estadístico histórico más allá de citar algunos casos salteados, todo ellos, por cierto, de mal recuerdo para el liberalismo como el propio autor remarca, tal como la revolución cubana. Pues finalmente, tras la victoria Hulsmann imagina/supone que de ahí saldrá un régimen liberal pero él tampoco lo tiene muy claro pues no encuentra ejemplos de secesionismo belicoso liberalmente triunfadores.

En definitiva, lo que explica Hulsmann no tiene que ver con la producción de de seguridad en una sociedad libre como hace Hoppe sino de una estrategia para llegar (militarmente) a una situación de independencia del estado. Pero es que esta cuestión no tiene per se nada de liberal. Es más, como él mismo se da cuenta son casi siempre movimientos de izquierdas los que han llevado a acabo estas tácticas. ¿Qué se puede sacar de ahí sobre cómo esas estructuras secesionadas se convertirían en sociedades libres? Nada porque el autor no llega a ese punto de la argumentación, el cual sería más interesantes, sobre cómo esas unidades secesionadas surgirían sociedades libres con capacidad de defensa de los enemigos externos, sobre todo del estado desgajado. Una gran interrogante nos deja Hulsmann.

Para un español resulta especialmente llamativa esta argumentación porque la guerra de guerrillas es un invento español, como bien apunta Hulsmann, en la Guerra de Independencia de la Francia napoleónica. Nos dice el autor que ese el primer ejemplo de este tipo exitoso de guerra. Cierto, pero se le olvida decir que aquellos españoles se batieron contra los franceses para poner en el trono al grito de vivan las caenas al que posiblemente ha sido el peor rey de la historia española. Es que es este el punto que Hulsmann no acaba de entender. El secesionismo por la fuerza suele estar ligado a la izquierda por ser mucho más visceral que el liberalismo. Es casi imposible imaginarse revolucionarios liberales enfundados en trajes militares de camuflaje. No es el estilo del liberalismo. Es por ello que en Cuba fueron comunistas los revolucionarios, el Viet Cong era comunista también y el Frente de Liberación Palestina también es izquierdista. Ojo, nadie cuestiona que no sean métodos de defensa exitosos, que lo son, pero simplemente no son liberales.

Si uno quiere saber cómo se llegará a la secesión más o menos radical de una sociedad liberal resulta más relevante emplear la teoría del desprendimiento y leer a los anarcocapitalistas agoristas como Konkin III y Neil Schulmann que defienden la práctica de la contraeconomía. Y más recientemente las actividades del libertario estadounidense Adam Kokesh también son interesantes. Todo eso está bien pero repito, nada tiene que ver con el objetivo de un paper editado en este capítulo del libro dedicado a aplicaciones prácticas de la defensa privada y seguridad privadas. No olvidemos además, que hay otro artículo en el libro, el de Stromberg, dedicado a la cuestión de las guerrillas con mucha más profundidad, a mi juicio. Quizá, después de todo, no sea un problema de Hulsmann sino de Hoppe por una mala edición.

Finalmente, para ser honestos con Hulsmann, diré que en el último apartado “Military Effectiveness of Private Warfare” sí expone ideas interesantes sobre por qué la guerra privada tiene más posibilidades de ganar frente al ejército público por cuanto el ejército es burocrático, jerarquizado, no sienten el conflicto tan personalmente como los guerrilleros, etc. Solo en las dos últimas páginas menciona algo parecido a las agencias de seguridad post-secesión relacionadas con las de Hoppe. Pero sin mayor desarrollo ni novedades.

HANS HOPPE Y SU CLÁSICO MODELO DE DEFENSA PRIVADA

Alterando el orden del libro vamos a finalizar el análisis con Hoppe pues su artículo es sin duda el más relevante del capítulo y marca en buena medida los desarrollos más modernos del anarcocapitalismo. En tanto Hoppe es a mi entender el teórico que más y mejor ha trabajado las cuestiones de ley, defensa y seguridad privadas además de editor de la obra que motiva este ensayo, quiero hacer un análisis más extenso de sobre qué podemos extraer de su pensamiento al respecto.

Para Hoppe la solución a los conflictos sociales desde la perspectiva libertaria es lo que él denomina una sociedad de ley privada en la cual cada institución o agente interviniente en el mercado esté sujeto a las mismas reglas éticas de respeto a la vida, libertad y propiedad de los demás. No existe un derecho público que garantice derechos y/o privilegios para ningún actor. A nadie le está permitido hacerse con bienes mediante otro medio que no sean la apropiación original, la producción o el intercambio voluntario. Nadie tiene derecho a expropiar, robar o imponer tributos sobre nadie. Nadie puede evitar que otro lleve a cabo cualquier tipo de producción de bienes y servicios con sus propios medios. En otras palabras, no existen monopolios de ninguna clase.

Específicamente sobre el problema que estamos tratando, en una sociedad de ley privada también se lleva a cabo mediante procedimientos privados libremente financiados. Estaríamos hablando de agencias de seguridad, de seguros e incluso de arbitraje. Así, aunque sería jugar a constructivismo imposible el predecir cómo funcionaría este modelo anarcocapitalista que nunca se ha dado en el mundo moderno, sí que podemos bosquejar su modelo.

En un sociedad compleja la autodefensa jugaría una función residual. Todo individuo tendría derecho a autodefenderse mediante la posesión y uso de todo tipo de armas8. Este derecho es sumamente poderoso para garantizar la independencia de los territorios respecto de invasores9.

Pero como en casi nada en la vida actual el servicio de seguridad y defensa no sería proveído por cada persona a sí misma, de la misma forma que no nos fabricamos nuestra ropa, ni producimos nuestro alimento ni teléfono móvil. Habría efectivamente un extenso y complejo mercado de seguridad y defensa, que ya existe en la actualidad10 pero que se desarrollaría enormemente. Surgirán múltiples agencias en el mercado especializadas en seguridad y competirán entre ellas por conseguir clientes voluntariamente. Habría compañías de policía y militares para garantizar la seguridad contra enemigos internos y externos; de seguro, que se encargarían de garantizar la viabilidad financiera del sector, y de arbitraje, que tomarían la posición de nuestros actuales tribunales estatales.

El estado opera bajo ese halo de legitimidad falsamente construido que le permite operar sin que se sepa qué hace ni cómo ni a qué precio porque no hay contrato que nos ayude a clarificar la situación. Situación muy diferente a la de las empresas pues en una relación contractual se especifica las propiedades de cada persona susceptibles de ser protegidas, los servicios que se proveerán, lo que ocurrirá en caso de no estar satisfecho con el servicio ofrecido y por supuesto, el precio a pagar por todo ello. Si no estuviera todo esos detalles claramente descritos en el contrato o una empresa no quisiera ofrecerlo, dicha empresa no tendría un solo cliente. Las empresas darían además una gran estabilidad social pues dado que existe un contrato, aquéllas no podrían unilateralmente cambiar los términos del mismo, como si hace el estado modificando la legislación penal, por ejemplo, haciendo ilegales hoy actos que ayer no lo eran, y viceversa.

Una parte importante en el desarrollo crítico del anarcocapitalismo a este nivel es describir, siquiera someramente, qué ocurriría cuando surjan conflictos entre el protegido y la agencia de seguridad, el asegurado y la aseguradora, y el juzgado y el árbitro. Así como entre las diferentes agencias entre sí también surgirían problemas. ¿Cómo los resolverían, pacíficamente o violentamente? Los defensores del estado y de la naturaleza hobbesiana del ser humano dirían que sin un ente superior automáticamente el desacuerdo se tornaría en violencia irreconciliable. En cambio parece más factible pensar que ningún usuario de dichas agencias firmaría un contrato que no informara de los medios de solución de conflictos a emplear en caso de divergencia pues tal circunstancia colocaría en en situación de absoluta incertidumbre a asegurados y aseguradores, lo cual se evitaría a toda consta.

Parece evidente pues que las agencias de seguridad serán capaces de proveer unos contratos completos y, desde luego, evitarán todo tipo de zona gris par ano ahuyentar posibles clientes. La solución descrita debe venir en la forma de cláusula contractual que indique qué tercero imparcial resolverá la disputa. Ese tercero debe a su vez ganarse la confianza de las agencias de seguridad y seguros, y de los clientes de éstas, para que puedan hacer negocio. Si sus laudos se consideran injustos nadie contratará sus servicios. Vemos ahí cómo vía contratos el mercado se autocorrige pues solo serán capaces de sobrevivir aquellos árbitros que sean capaces de llegar a situaciones mutuamente beneficiosas.

Como en cualquier otro área regida por el mercado libre, los precios tenderían a caer conforme la calidad aumenta. Esto haría que los servicios de seguridad serían cada vez más asequibles por los ciudadanos, que a su vez disfrutarían del poder de elección que ya disfrutan a la hora de comprarse un coche, ropa o alimento. A sensu contrario, bajo el régimen monopolístico actual el precio sube continuamente como vemos en el presupuesto público financiado con impuestos, mientras que la calidad desciende más y más, siendo en España el sector de la seguridad ciudadana uno de los más contestados en los últimos tiempos por los propios “asegurados”, que en realidad no son más que víctimas cautivas.

Otra vertiente a observar es la capacidad del mercado de asignar recursos guiado por el sistema de precios. El mercado decidirá cuánto se quiere gastar la sociedad en seguridad en relación a otros sectores que pugnan por los recursos, es decir, el mercado nos dirá con exactitud casi milimétrica si los consumidores quieren una nueva patrulla de policía en su barrio o un nuevo televisor para su casa, eliminando por lo tanto las desviaciones hacia la sobre o infra producción de las inversiones. Esto obviamente no pasa en el sector público, donde al carecer de las valiosas señales de los precios el gobernante estima en términos políticos, que no económicos, qué se hará con el presupuesto.

En lo que respecta a la calidad la mejoría también sería notable puesto que las agencias hacen depender su éxito en el negocio del bienestar de sus clientes. Sólo si un cliente se siente satisfecho del servicio prestado volverá a contratarlo en el futuro. Si por el contrario la empresa no cumpliera con lo que dijo, más allá de posibles discusiones legales, el usuario con seguridad no contrataría nuevamente con esa empresa. Ese ese mecanismo de autocontrol del mercado el que lo hace tan poderoso. Siempre es el cliente el que decide hacia dónde se mueve el mercado, y las empresas deben llevar el barco en esa dirección, utilizando el símil de Mises. Por su parte, la policía pública no responde ante los ciudadanos directamente porque cobra su sueldo vía impuestos, es decir, independientemente de si el ciudadano está satisfecho o no de sus servicios. E incluso la policía pública, como cualquier otro departamento público debe su existencia a la reclamación política de más impuestos para dar un buen servicio conforme a un presupuesto creciente cada año. Acabar con todos los criminales sería pegarse un tiro en el pié. Mientras que en el mercado las empresas siempre compiten por acabar con un criminal más.

Aspecto importante es el del resarcimiento de la víctima pues para el estado es absolutamente secundario mientras que para las agencias es clave. El estado no tiene programado en su actuar la compensación a la víctima a la que se supone debía proteger pero falló. Y más flagrante si cabe es la existencia misma de las cárceles como las entendemos hoy en día pues la victima paga vía impuestos la vida, incluso cómoda, de su propio agresor durante la pena de prisión. En el ordenamiento privado los criminales condenados tendrían como objetivo el resarcimiento de la víctima y para ello deberían trabajar y ganar lo suficiente como para compensar el daño causado. Serían las agencias las que acordarían la mejor forma de restitución para que su cliente finalmente obtenga lo que se le debe acorde al laudo arbitral. Las agencias por ejemplo podrían establecer que el criminal trabajara a través de una división de la agencia dedicada a emplear a los criminales y hacerles pagar su pena.

Si se presentara el caso en que el criminal no fuera atrapado entonces un árbitro podría condenar a la agencia de seguridad al pago de una indemnización por mal servicio, de cuyo pago se encargaría el seguro. Es claro que esta situación es financieramente indeseable por lo que las agencias tendrían un enorme incentivo a prestar adecuadamente el servicio, evitando así costosísimas indemnizaciones posteriores y pérdida de buena imagen en el mercado. El estado, sin duda, no va a indemnizar a la víctima del crimen por lo que no tiene incentivos a la prevención del crimen.

A resaltar es la labor claramente pacífica de la actuación de las agencias privadas en comparación con el estado. Las agencias tienen como objetivo maximizar el beneficio, hablando en términos neoclásicos, y para lo cual un conflicto, por no hablar de una guerra, es una pésima noticia puesto que su costo es altísimo. Por esa razón las agencias siempre preferirán llegarán a acuerdos en caso de conflicto antes que embarcarse en costosas guerras11 que les obligarían a subir las primas a su clientes, quienes cambiarían de empresa. Y en cualquier caso dichas intervenciones militares, de producirse, serían quirúrgicas, para minimizar el coste y el riesgo de dañar a quien no estaba involucrado, lo cual le traería costes y problemas añadidos. Por el contrario el estado, financiado con impuestos, no tiene ningún incentivo a la paz pues el político saca más tajada de una victoria militar que de una bajada en el presupuesto por causa de la inacción del departamento militar. Esto es lo que se llama externacionalización de costes sobre los ciudadanos. Y no hablamos de los costes evidentes de tipo monetario sino las posibles consecuencias bélicas de verse de lleno metido en un conflicto con un enemigo ajeno pero que pone en riesgo su vida y propiedades. Todos esos costes creados por la acción del estado son depositados en la espalda de los ciudadanos mientras que una agencia de seguridad los asume todos ella misma. La disparidad de incentivos parece clara.

Existe otra relevante razón para observar a las agencias como entes pacíficos, y es que no todos los riesgos pueden ni deben asegurarse. Esto implica que un seguro no puede cubrir las acciones voluntarias del asegurado que provoquen un daño a él o a terceros, solo los accidentes. Sería impensable que un seguro cubriera contra los daños provocados por alguien si ese alguien fue a su vez provocado inicialmente por el agredido. Por lo tanto dado que ese tipo de actuaciones atrevidas no serían protegidas los individuos que incurrieran en ellas deberían ser ellos mismos los que respondieran de los daños. Dado que eso ese enormemente costoso el individuo provocador dejaría de serlo pues internalizaría los costes de su acción. De esta forma vemos como el sistema de seguros fomenta el pacifismo y respeto a las normas cívicas de convivencia por parte de sus asegurados. Tomarse la justicia por la mano, fuera del procedimiento habitual, no sería aceptable en consecuencia.

Una diferencia enorme entre agencias y estado es la posesión de armas de la que hablábamos al comienzo de este apartado. Decíamos que la autodefensa sería minoritaria pero existiría y las agencias lo fomentarían pues parece lógico que una empresa de seguridad esté interesada en que su cliente sepa defenderse, ofreciéndole así una prima más baja.

En última instancia es reseñable la calidad de las leyes que proveerían las agencias en comparación al estado monopolista serían de mucha mayor calidad pues estarían también en competencia en el mercado lo cual las haría depurándose continuamente. No habría una única ley para todo un territorio sino que habría ligeras variaciones dentro de una coordinación. Dichas variaciones dinámicas permitiría a la ley adaptarse a las necesidades de sus protegidos y aplicar las mejoras legales según aparecieran. Como ya apuntamos antes existirían diferentes leyes conforme a agrupaciones sociales que reclamaran un tratamiento legal especializado. El caso de las religiones mencionado anteriormente sería uno de los casos más evidentes. Todo lo contrario del monopolio centralista de los parlamentos actuales.

Con agudeza apuntaba Hoppe en su paper, a aquí lo volvemos a resaltar, que las disparidades entre las leyes aplicadas a dos tipos de personas no pertenecientes al mismo ámbito de aplicación de ley deberían ser resueltas en un tribunal, que sería elegido de común acuerdo y conforme a las reglas del mercado se esforzaría por alcanzar el mayor acuerdo posible, contentando a todas las partes para poder seguir en el negocio. De las continuas interacciones entre empresas de seguridad, seguros y árbitros llegaríamos a una suerte de jurisprudencia interlegislativa que coordinaría procedimientos y normas de forma evolutiva de tal forma que los conflictos entre agencias se resolvieran cada vez más rápida y eficientemente.

CONCLUSIONES Y RECOMENDACIONES

1) Las alegaciones en favor del estatismo no resisten un análisis detallado. En particular las teorías de las externalidades y de los bienes públicos son, cuanto menos, confusas y muy probablemente erróneas. Parecen diseñadas para defender las intervención pública, más que para hacer ciencia con honestidad.

2) Bajo la administración monopólica estatal el sector de la defensa y la seguridad se ve envuelto en conflictos permanentes, injusticia e inestabilidad legal. Por el contrario en la sociedad de ley privada la paz, justicia y seguridad legal reinarán sin lugar a dudas.

3) Si alguna vez se practica una sociedad libre no será por medios violentos sino mediante una mezcla de divulgación, protesta civil y desprendimiento. Una vez se haya producido la independencia entonces sí se creará un mercado de defensa y seguridad altamente profesionalizado como describe Hoppe.

4) No debemos caer en el contructivismo liberal. Es cierto que la tentación de imaginar cómo sería esa sociedad de ley privada es grande y todo defensor de la libertad raramente rehuye la elucubración pero así deberíamos actuar. El anarcocapitalismo está tan lejos de ser realidad que todo lo que teoricemos corre el riesgo de ser terriblemente equivocado, probablemente por quedarse corto ante las maravillas que el mercado libre podría ofrecernos. Sea como fuere más vale ser cauto y simplemente bosquejar ideas conforme a aquello cuya existencia es incuestionable. Y lo que tenemos seguro es que hoy día ya existen empresas de seguros desarrolladísimas y financieramente capaces de sostener sistemas complejos, también tenemos empresas de seguridad privadas enormemente eficientes, sustitutivas de la labor del estado incluso en espacios típicamente públicos. Existen también empresas de defensa expertas en tácticas militares que no tienen nada que envidiar a los mejores ejércitos modernos. Por último también tenemos sistemas de arbitraje altamente funcionales que rigen, por ejemplo, el comercio mundial a gran escala con gran orden y concierto.

5) Si a todo lo anterior, elementos existentes en la actualidad, le sumamos nuestra experiencia histórica12 entonces la conclusión es evidente: hemos tenido seguridad, justicia y defensa privada en el pasado, existen parcialmente todas ellas en el presente, e indudablemente se desarrollarían como cualquier otra industria en la medida en que ese sector fuera liberándose de la apariencia de absoluta necesidad estatal.

BIBLIOGRAFÍA

ANDERSON, Terry. y HILL, Peter, The Not So Wild, Wild West.

BENSON, Bruce, Justice without State.

HOPPE, Hans-Hermann, Democracy, the God that Failed.

HOPPE, Hans-Herman, The Myth of National Defense.

LOTT, John, More Guns, Less Crime.

NOZICK, Robert, Anarchy, State and Utopia.

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1 En este caso fue el profesor Anxo Bastos de quien tomé inspiración directa a la hora pues él recomienda claramente en sus charlas la lectura del historiador político Kuehnelt-Leddihn. Por otro lado, en un intercambio con el propio profesor, éste reconoció cuán sugerente era el trabajo de Stromberg. Por mi parte confirmo que no se equivocaba en absoluto. Así, Kuehnelt-Leddihn nos muestra que uno de los peores resultados de la Revolución Francesa fue la exportación de la democracia a unos recién nacidos Estados Unidos y con ello el consecuente objetivo de los EE.UU. de convertir el mundo en un lugar más seguro a través de la expansión de la democracia por todo el orbe; y Stromberg por su lado argumenta agudamente como el hecho de que la práctica de los corsarios desapareciera se debió precisamente a que fue muy efectiva. Los oficiales marinos de carrera tuvieron miedo y se sintieron agraviados de la competición que los corsarios representaban, por lo que aquellas naciones con grandes flotas públicas querían asegurarse que las naciones más pequeñas no ponían en peligro su dominio de los mares mediante el uso de una alternativa privada menos costosa.

2 Cuando toque la hora de criticar las ideas de Hulsmann diré porque me parecen excesivamente imaginativas, llegando incluso a pecar de constructivista ingenuo. Defecto en que a veces caemos los liberales y del cual debemos aprender y evitar en aras de una mejor comunicación de las ideas.

3 If the whole point of the exercise is to protect the people against the violent incursions of others, how can this be attained if at the very outset the government does to them precisely what it is supposed to be protecting them from? That is, according to the logic of this externalities argument, the system is to defend them against aggression. How can this possibly be attained if the starts off the process by attacking them, e.g., by compelling them to pay for their protection, whether they wish to do so or not?, pág. 306. Es decir, ¿cómo va el estado a protegernos contra el robo si él mismo nos roba en primera instancia financiarse vía impuestos?

4 Ese mismo argumento es tradicionalmente empleado por Hoppe, quien a su vez lo rescató de su director de tesis doctoral en Alemania el filósofo Habermas. Suele decir Hoppe que en una discusión entre dos individuos, si uno argumenta que el otro no tiene derecho a su cuerpo es una contradicción porque el simple hecho de estar discutiendo/argumentando con él en lugar de asesinarlo, por ejemplo, demuestra que sí le está reconociendo propiedad sobre su propio cuerpo. Este contraargumento podría ser visto como la formalización de la más común hipocresía, es decir, decir una cosa pero hacer la contraria. Aquí observo una pega al argumento de Habermas. Si hay dos personas argumentando que la redistribución de la riqueza es necesaria, siendo una de ellas rica y egoísta mientras que la otra es generosa con su propio dinero entonces la falacia de Habermas solo podría oponérsele al rico de izquierdas que no reparte su dinero pero no al rico de izquierdas que sí lo hace. Por tanto nos parece que el argumento de Habermas es una falacia ad hominem pues no es universal sino que solo es válido para un sujeto pero no para el otro, diferenciando en base en su condición personal de egoísta o generoso, pero sin desmontar el argumento común a los dos sujetos de izquierda. Y lo mismo podría decirse del gordo que come hamburguesas sin parar y ataca la comida basura. En todo caso pensaríamos que esa persona en particular no es de fiar pero no que el argumento sea falso porque él lo defienda.

5Pág. 306.

6http://www.juandemariana.org/comentario/395/teoria/desprendimiento

7http://www.jesushuertadesoto.com/fronts/frontteoria.htm

8 El argumento en contra de la prohibición de las armas es como sigue. Dado que el estado es ineficiente en todo una prohibición legal no haría desaparecer las armas del mercado como no ha hecho desaparecer las drogas tras 100 años de war on drugs. Por lo tanto el resultado sería una sociedad en la que la gente buena no tendría armas mientras que los criminales sí las obtendrían en el mercado negro. El trágico y absurdo final de esa historia es fácil de imaginar.

9 Un ejemplo clásico es el del denominado salvaje oeste anaizado por Terry Anderson y Peter Hill en su popular obra The not so wild, wild West.

10 La cantidad de empresas de seguridad es sorprendente, algunas de ellas multinacionales con cientos de miles de trabajadores repartidos por todo el mundo como la sueca Securitas y la española Prosegur. Y en cuanto a empresas de defensa, o militares, también existe una amplia variedad, como por ejemplo la antigua Blackwater, ahora Academi, subcontrata del Gobierno estadounidense en la Guerra de Iraq, y tantas otras como DynCorp, KBR, y un largo etcétera. Se puede consultar un listado de ellas aquí: en.wikipedia.org/wiki/List_of_private_military_companies.

11 Robert Nozick en Anarquía, Estado y Utopía sostenía la opinión de que las agencias entrarían necesariamente en conflicto y harían surgir un estado mínimo, lo cual choca con nuestra argumentación de que el conflicto es caro e indeseable, y también lo es para los clientes, que no querrían ser usuarios de agencias conflictivas. En resumen, dichas agencias no cooperativas y pacíficas serían apartadas rápidamente del mercado por lo que nunca se produciría ese gran conflicto que hiciera nacer un estado a partir de dichas agencias. Incluso si no hubiera conflicto sino que se acordara un cártel, esto sería perjudicial para la agencia más eficiente, al tener que aliarse con la ineficiente competencia. Además existe una enorme tentación a romper el acuerdo como ha demostrado la teoría de juegos por lo que finalmente nunca se llegarían a producir esos acuerdos. Todo ello sin olvidad que una reducción y disminución de la cantidad y calidad de servicios tras la cartelización del sector seria una invitación al surgimiento o crecimiento de empresas más pequeñas hacia la cuales todos los usuarios se dirigirían.

12Bruce Benson en su Justicia sin Estado desarrolla cómo a lo largo de la Historia y por todo el mundo, han surgido tribunales privados que impartían justicia tan o más eficiente que el mejor de los tribunales públicos actuales.

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