Trabajo sobre este paper correspondiente a la asignatura INNOVACIÓN Y TECNOLOGÍA EN LOS PROCESOS DE MERCADO, del Máster Oficial en Economía de la Escuela Austriaca, de la Universidad Rey Juan Carlos, Madrid.

Ante todo hay que entender que la economía es un eterno problema de costes de oportunidad y por lo tanto aquellos recursos que sean empleados en la obtención de un determinado fin serán detraídos de otros fines que supuestamente son menos valorados por el actor económico. Ante semejante disyuntiva existen dos alternativas potenciales como medios de decisión, ora el mercado libre, ora el estado a través del gobierno y los funcionarios. Si bien es cierto que existe una tercera vía intermedia no la vamos a considerar en este comentario pues no aporta nada a la hora de ahondar en la búsqueda de la raíz del problema.

El mercado asigna los recursos conforme a criterios de eficiencia económica mientras que el estado tiene su guía en criterios políticos. Por lo tanto es claro que optar por una opción u otra llevará a consecuencias radicalmente dispares. Y esto es así para cualquier campo económico que estudiemos, por supuesto también el tema del artículo de Rothbard, la ciencia y la tecnología, comparando un modelo de decisión con el otro. La alternativa al principio de eficiencia en el mercado libre es la decisión política, como ya habíamos anunciado, y que resulta ineficiente, antiliberal y autodestructivo.

A la hora de estudiar el campo de la ciencia y la tecnología resulta inevitable mencionar abundantemente a sus protagonistas, los científicos, inventores y hombres de ciencia en general. Parece evidente que van a rendir más y mejor si se les da la libertad de entrar en la profesión de motu proprio, como el mercado garantiza, y no obligados por la maquinaria de reclutamiento estatal. No perdamos de vista que si bien no deseamos a ningún trabajador/profesional ser obligado a ejercer su empleo, sí que existe una diferencia entre un limpiador obligado a pasar la mopa por la oficina y un científico cuya obligación sea crear, inventar, descubrir. Sin ninguna duda el hombre de ciencia soportará peor profesionalmente dicha situación. Y es que una mala noticia para el estado es que no puede crear científicos sino que estos tienen que decidir serlo por sí mismos. Bueno, no es tan claro que el estado totalitario no pueda obligar a alguien a ejercer una profesión que no desea pero lo creemos harto complicado obligar a alguien a ser investigador científico con éxito. Por ahí, la capacidad coercitiva del estado pierde buena parte de su fuerza. En definitiva, el estado puede construir puentes pero no puede crear el ingeniero que los diseñe, será siempre él quien lo decida.

El hecho de que en el mercado los trabajadores son libres de ejercer la profesión por ellos escogida descarta por completo la explotación de los mismos por parte de los empleadores. Además, si una característica tienen los científicos es la independencia. Son poco proclives a aceptar imposiciones, no ya en el mercado donde reina la liberta de movimientos sino en el ámbito estatal, donde impera el despotismo.

Uno de los grandes temas que el Rothbard plantea en todo el paper es la supuesta escasez de científicos en tareas relacionadas con lo militar y el trabajo público, en otras palabras, parecería haber cierta falta de científicos investigando para el ejército1. Para Rothbard la gran respuesta a dicho problema es que el gobierno no ofrece a los posibles científicos salarios de mercado por lo que muy pocos se animan a aceptar un empleo directa o indirectamente bajo el mandato estatal. Incluso si el estado subsidiara la llegada de nuevos científicos a sus filas tampoco parece una solución pues una mayor oferta de científicos causaría un descenso de los salarios, por ende, dicha solución intervencionista no haría sino acrecentar el problema que supone los bajos salarios públicos.

En el mercado no hay falta de científicos porque en el caso de que puntualmente se produjera dicha circunstancia el propio mercado libre se auto-ajustaría elevando el salario ofrecido a los científicos, atrayendo nuevos trabajadores consecuentemente y finalmente arreglando el temporal desajuste. Bajo las condiciones de mercado debemos tener claro que únicamente éste es capaz de determinar eficientemente cuántos, cómo y dónde estarán/serán los científicos. En el mercado los desajustes entre oferta y demanda son temporales, no son otra cosa que una oportunidad de negocio lista para ser aprovechada por los actores económicos, como bien nos explicó Kirzner en su extensa obra sobre emprendedurismo. Por contra, en el estado los desajustes son perennes, inherentes a su naturaleza ineficiente, como por su parte decía Mises en sus estudios sobre el socialismo.

Rothbard se encarga en repetidas ocasiones de demostrar con cifras en la mano la falsedad de la alegada escasez de científicos pues es todo lo contrario. Para la fecha en que fue escrito el paper el mercado estaba abasteciendo adecuadamente a la industria de ese tipo de trabajadores.

Recalca una y otra vez el autor que la principal causa de la escasez de científicos trabajando para el estado es el bajo salario ofrecido, pero no es ni mucho menos la única explicación que Rothbard da al fenómeno, que por otra parte acepta como cierto. Señala el autor que el gobierno crea su propia escasez de científicos mediante la imposición de medidas de seguridad y secretismo a todas luces excesivas. Dichas regulaciones internas deben, evidentemente, ser entendidas en el marco histórico de la Guerra Fría, cuando todo secreto tenía su peso en oro, y entre todos los secretos los científicos eran de los más apreciados. Pues bien, a pesar de ello Rothbard opina que las reglas de trabajo e investigación instauradas por el gobierno estadounidense de la época son plenamente contraproducentes y aboga Rothbard por su aligeramiento.

No olvidemos que habíamos dicho que el científico es un espíritu libre, tal vez no tanto como un artista pero sí bastante individualista, lo suficiente como encontrar muy opresivas las regulaciones públicas. El científico puro, el de vocación, esa persona dedicada en cuerpo y alma a la búsqueda de la verdad científica, no está pendiente de problemas menores de tipo político, no sabe ni le importa si los EEUU están en guerra contra la URSS, él solo tiene una cosa en la cabeza: la investigación científica. Es por ello que la apertura y el dinamismo del mercado se adaptan muchísimo mejor a ese tipo de persona que la rigidez estatal que en última instancia lo que busca es que sea el científico quien se adapte al aparato burocrático. Todo un disparate.

No hay nada mejor para hacer sentir cómodo al científico que crear un clima de libertad, ausencia de reglas administrativas, trabas, registros, órdenes y demás dislates tan típicamente estatales. Lo que el científico necesita es un ambiente liberal, donde sea valorado su esfuerzo, donde sea libre de crear, y pueda en todo momento dirigir su carrera. Al fin y al cabo, en ciencia no hay mejor dirección que la ausencia de ella. Esta idea tiene mucho de hayekiana por cuanto pone el énfasis en la espontaneidad de la acción humana como mejor medio para vivir en libertad y crear prosperidad progresiva e inimaginable. Si en algún ámbito el control estatal puede funcionar menos catastróficamente es en aquellos más repetitivos, menos creativos, pero un laboratorio con, digamos, 20 científicos trabajando en él, es un ejemplo claro de orden espontáneo, coordinación y progreso no planeado a pequeña escala.

Cuando Rothbard menciona aquellas cosas que el gobierno puede hacer para mejorar la problemática en la está inmerso su respuesta es clara y directa: el gobierno debe replegarse, toda intervención agrava el problema que pretendía arreglar y posiblemente crea otros nuevos. Por tanto, toda nueva intervención positiva resulta en detrimento del mercado y de la eficiencia buscada. Señala en este aspecto el autor un hecho de suma importancia, el control estatal de la educación y el daño que el estado hace a la misma, y en consecuencia a la ciencia pues ésta se nutre fundamentalmente de la educación. Clama Rothbard por reformas que hoy en día están tan en vigor y que tanto nos suenan. Aboga por restaurar la meritocracia en las escuelas, potenciar en lugar de achicar a los buenos estudiantes, animándolos a continuar su carrera en el área de la investigación científica si así lo desean, pero de una forma muy simple pues no hay mejor ánimo liberal que el dejar hacer, dejar que los estudiantes buenos progresen libremente y premiarles cuando lo merezcan.

Siguiendo con la educación, Rothbard aporta otro dato importante en este sentido cuando apunta que los sindicatos, tan tradicionalmente escorados a la izquierda estatista y siempre ávidos de protección y dádivas públicas, son otro problema del intervencionismo. Si bien es cierto que los estados no son el gobierno pero sí que beben de las mismas fuentes intelectuales y evidentemente tienen en común el objetivo de barrer la libertad de mercado en favor de lo suyos, que desgraciadamente no son ni mucho menos los mejores. Son precisamente los más mediocres profesores los que se sindican y bloquean la entrada a la profesión a profesores brillantes no alineados. Defiende Rothbard una disminución del poder sindical en este sentido y parece tener razón. Finalmente el autor hace una reclamación general contra todas las regulaciones en el sector de la educación, y es cierto que no importa mucho si el problema es la ausencia de meritocracia en la aulas o unos sindicatos demasiado celosos en su desempeño, el gran problema es la regulación general. Y de todo ello se aprovechará consecuentemente el desarrollo científico y en última instancia todos y cada uno de nosotros.

Argumenta Rothbard que la ciencia y el mercado se retroalimentan pues están ligados positivamente. La moderna industria requiere de cerebros muy especializados y altamente cualificados para seguir avanzando, por ello contrata, apoya, y financia el progreso científico. A su vez la ciencia sabe que es el mercado, y no el estado, su mejor cliente por lo tanto se focaliza en él desarrollando nuevas ideas con futuro comercial directo o indirecto.

Por su parte el control e intervención estatal mediante subvenciones no crea más que disfuncionalidades como ya hemos visto. Disfuncionalidades del tipo matar el emprendedurismo del individuo científico pues estos sujetos respiran libertad. Un científico atado o dirigido de alguna manera pierde su esencia y ellos mismos afirman que control equivaldría a dejar de producir, así de radicalmente libres son los científicos. Rothbard llega a afirmar que los científicos civiles son mal recibidos en ambientes militares, es decir, más dificultades de integración y menos atractivo para futuros científicos que pensaran en el ejército como lugar para desarrollar su labor. Y todo ello sin mencionar las clásicas estructuras jerárquicas militares, que suenan tan a chino fuera del ámbito castrense.

Además no debemos olvidar que buena parte de los inventos y descubrimientos se producen en buena medida a pequeña escala por lo que las grandilocuentes inversiones estatales parecerían no encajar demasiado bien con esta filosofía ya que una organización más grande no implica mayor eficiencia, al contrario, más bien se observa que los costes de organización aumentan y se dificulta el individualismo dinámico típico de la producción científica. Pero en cualquier caso, determinar la escala ideal le corresponde al mercado; el estado no establecerá que una uniformidad, a todas luces, desfasada antes incluso de ser aplicada.

Si bien en ningún ámbito se puede planificar como nos enseñaron Mises y Hayek, es incluso más complicado en el terreo de la investigación. Hemos asistido en las últimas décadas a avances tecnológicos, progresos médicos, innovaciones industriales, etc. que no estaban en absoluto en los planes ni del investigador, ni del equipo que integraba y mucho menos del director del mismo. Son esas casualidades las que hacen avanzar la ciencia, el estar buscando el origen de una enfermedad y dar con la cura de otra, o buscar un superpegamento y acabar inventado el post-it. Eso es esencialmente la ciencia y desde luego no hay nada mejor que el libre mercado para adaptarse a dichas características y, por supuesto, nadie peor que el estado para realizar esa tarea.

Otra característica del científico es su capacidad de tomar riesgos, bueno, no solo de tomarlos sino de buscarlos. No es de extrañar si entendemos bien su alma libertaria. Aquel que ame la libertad y la aprecie sabe que conlleva una responsabilidad. Uno es libre y responsable pero nunca va lo uno sin lo otro, como busca sin recompensa el socialismo.

Un buen punto a favor del mercado es que, a pesar de que toda organización es reticente al cambio, dicho cambio será mejor acogido en el seno del mercado que en el del estado, donde directamente puede ser sometido como síntoma de insurrección contra la “verdad” que se pretende buscar.

Afortunadamente la libertad de empresa y la competencia en el mercado libre nos trae, desde el punto de vista del consumidor, más y mejores productos a mejores precios. Lo mismo se puede decir de la ciencia, que cada vez es más barata y produce más. La posibilidad de investigación se encuentra totalmente abierta pues el mercado nos permite disfrutar de costes de acceso cada vez más bajos, lo cual afecta directamente a las pequeñas y medianas empresas que quieren invertir parte de su presupuesto en investigación y que como decíamos son el núcleo duro de la ciencia, no las grandes multinacionales. Éstas en todo caso comprar a posteriori dichos pequeños laboratorios y los incorporan a sus equipos de investigacion pero el inicio de las más brillantes investigaciones siempre tuvieron lugar en esos pequeños lugares, pero suficientemente equipados de capital físico y humano. A este respecto es llamativo lo que dice Rothbard sobre la investigación atómica, tan de moda en su época. De ella dice que casi todo el desempeño hasta 1940 fue de carácter privado y a pequeña escala. Y al contrario del pensamiento común la irrupción del estado americano en la investigación no hizo más que retardarla y hacerla más costosa, con todo su secretismo y restricciones, ya mencionados. Tampoco es de extrañar que en época de guerra poco se pueda investigar, el país está más centrado en ganar la batalla militar y en sobrevivir al día a día.

Parecida suerte le auguraba Rothbard a la exploración espacial la cual, por las razones ya bien indicadas, debería dejarse en manos completamente del mercado. Serían empresas las que colonizarían planetas. Idea esta muy a lo Robert Heinlein, conocido autor liberal de ciencia-ficción. Lo único que debe hacer el estado para promover la carrera espacial es no entrometerse, dejar a las empresas entrar, no subvencionarlas para no alterar los incentivos y la competencia y finalmente remover regulaciones que no permitan la entrada a nuevos competidores. En última instancia el estado no podría alegar el argumento de la defensa nacional para hacerse con el control de la carrera espacial pues no es estratégico, solo sirve para hacer propaganda. Por ende, no deben usarse los impuestos para llegar a la Luna2.

Solo allí donde hay competencia hay desarrollo. Dicha afirmación es universalmente válida y evidentemente también lo es para la ciencia. Una empresa tomará la decisión de invertir en investigación, y que no es otra cosa que dejar de invertir en otro área, impulsada por la competencia. No es una decisión fácil pues la investigación, no garantiza resultados, puede haber o no recompensa, y esta puede ser mejor o peor aprovechada. Esto lo saben bien las farmacéuticas, que gastan cantidades ingentes de dinero en proyectos que en su mayoría fracasan. Pues bien, si a pesar de esto las empresas se arriesgan a invertir es porque saben que la competencia es dura y que si otros invierten es muy probable que mañana les hayan arrebatado su posición, otrora dominante.

Además, que existan muchas empresas es positivo de todo punto ya que amplía la oferta de oídos dispuestos a escuchar una innovación científica. Recordemos que toda organización es reacia al cambio y a lo nuevo; no en vano son famosos los errores empresariales dejando escapar oportunidades de negocio redondas que otros sí supieron aprovechar. Pero en la medida en que haya muchas empresas podemos estar tranquilos pues ninguna idea brillante quedará en el tintero. Y en contra de lo que esta abundancia de centros de investigación pueda suponer para la ineficiencia, esta superpoblación, si en algún momento duplica funciones, cosa que el estado no haría pues solo hay empleador, es también positiva desde el punto de vista de la contrastación científica. Así, cuantos más tests pase un descubrimiento más seguros estaremos de su veracidad. Si los consumidores y muchas empresas de la competencia dan por bueno el descubrimiento de otra empresa será todo una garantía de la validez. Pero imaginemos si no hay más contraste que el que ocurre dentro del estado. Un desastre científico.

Una gran pega que pone Rothbard a la ciencia de estado es obvia, en el comunismo la ciencia no oficial, como la oposición política, está prohibidas. No hay ciencia fuera de los dictados del politburó. El estado puede o bien prohibir o bien no financiar aquello que no le interesa. El resultado, cuando solo hay una empresa, es el mismo, o sea, la desaparición de la ciencia que no se dirija a engrandecer y reforzar el objetivo político. En ese momento, la búsqueda del ideal de verdad científico queda restringido a la categoría de sueño inalcanzable, lo único relevante es alcanzar el objetivo marcado por el plan, igual que se tienen que alcanzar cuotas de producción agrarias e industriales. ¡Nada más lejos del liberalismo individualista del científico! Parafraseando la canción, cuando el político entra por la puerta del laboratorio, la ciencia salta por la ventana.

Bajo la ciencia socialista tienen lugar otras muchas burradas como que los investigadores disidentes sean defenestrados o incluso peor, y por el contrario los mediocres o sencillamente chalados se alzan a la cima del reconocimiento. Al respecto el caso de Lysenko en la URSS es tremendamente ilustrativo.

Pone de manifiesto Rothbard que es irrelevante que un estado comunista haga el agujero más grande del mundo. Cavar ya lo sabemos hacer todos por lo que hacer el agujero más grande solo depende de cuanto dinero entierres en el agujero, tomo muy keynesiano. A buen seguro el mercado jamás hará eso por ser antieconómico, en cambio el estado lo hace continuamente para defender la causa política mediante la propaganda de partido. Pero eso no es ciencia en absoluto. Ciencia es investigar sin saber muy bien dónde se va a llegar o no siquiera si se va a llegar a algún lugar. Ciencia es descubrir una nueva vacuna para una enfermedad mortal, no hacer la torre más alta o el puente más largo El estado siempre podrá llevar a cabo este vacío obejtivo, lo único que tiene que hacer es detraer recursos de otros sitios. Que luego no hay luz en el hospital, qué importa si tenemos la torre más alta del mundo. Esa es la absurda lógica estatal bajo la que nunca debería operar la ciencia.

Y lo más gracioso de todo es que aún cuando un estado socialista pretende alcanzar un desarrollo industrial potente, llevándose por delante la vidas de sus ciudadanos y por supuesto su dinero, jamás alcanzará la potencia de la industria libre. La comparación entre los entramados industrial y científico soviético y americano durante la Guerra Fría resulta sonrojante cuanto menos.

Puntualiza Rothbard que no toda intervención del gobierno es igual ni tiene los mismo resultados. Así, una subvención distorsiona el mercado y crea ineficiencias; mientras que una exención fiscal evita haber cobrado impuestos y redistribuirlos a aquel que mejor se postule en el mercado político.

Los últimos pensamientos de Rothbard se dirigen a la introducción de la máquina a gran escala en las sociedades industriales actuales. La corriente socialista descerebrada ludita ha reclamado desde hace más de 100 años los perjuicios de la máquina usurpadora y deshumanizadora, a la cual veían, y con razón, fruto del capitalismo industrial. Acusan a la máquina los socialistas luditas de destruir empleo. Nada más absurdo. Precisamente el desarrollo capitalista permite la acumulación de capital suficiente como para adquirir nuevas máquinas cada vez más eficientes. Dichas máquinas no hacen sino reducir costes, o sea, liberar factores productivos que bien pueden ser empleados en la misma industria o en otras, dependiendo de las características de elasticidad relativa en el mercado. Por lo tanto, ver en la reducción de costes y aumento de la eficiencia un problema no es otra cosa que la ceguera intelectual propia de socialistas ideológicamente primitivos. Pero no es raro esta ceguera, el mercado es fundamentalmente dinámico, los trabajadores se moverían de un sector a otro (idea de dinamismo de Huerta) que se queda muy lejos de esa eficiencia estática del aquí y ahora. Pues claro, aquí y ahora puede que la introducción de la máquina produzca desempleo coyuntural que es en el que se fija el estático economista socialista, pero los dinámicos economistas austriacos observamos y analizamos la economía como un continuo, y solo así nos percatamos de que esos trabajadores temporalmente en paro rápidamente serán contratados en otras áreas nuevas o por descubrir. Tener miedo al dinamismo económico es tener miedo a la vida misma, o sea, una irracionalidad contraria al sino del ser humano verdadero. Véase aquí vestigios de la obra de Ayn Rand.

En última instancia lo bueno de las máquinas es que las hay de todos los tamaños y para todas las necesidades, no quedando fuera del mercado las pymes. Algo parecido ocurría, recordemos, con los laboratorios pequeños, asequibles para todos los negocios.

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1 Tengamos en cuenta que este paper fue escrito en 1959, en plena Guerra Fría. Solo así podemos entender la focalización del mismo en temas militares y belicosos. En todo caso, lo que nos extraña y asombra es su posición abiertamente pro-estado pues Rothbard se decía anarquista desde 1949, 10 años antes de escribir este paper. En cualquier caso, el trabajo es un rara avis al que no encuentro explicación a la luz de su trayectoria intelectual.

2 Se defiende que la URSS no llegó a la luna únicamente por una cuestión presupuestaria pues el proyecto era muy oneroso: danielmarin.naukas.com/2013/12/13/el-verdadero-motivo-por-el-cual-los-sovieticos-pusieron-un-hombre-en-la-luna/

 

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